Exactamente hace doce meses, en un artículo titulado 2011: ¿Optimismo o pesimismo? escribí lo siguiente: “El primer efecto de la crisis fue el de un shock, no solo para la burguesía, sino también para los trabajadores. Había una tendencia a aferrarse a los empleos y a aceptar recortes en el corto plazo, especialmente al no ofrecer los dirigentes sindicales alternativa alguna. Sin embargo, esto se tornará en una actitud general de furia y amargura, que tarde o temprano comenzará a afectar a las organizaciones de la clase obrera”.

La crisis del capitalismo va acompañada por una crisis del pensamiento burgués: la filosofía, la economía, la moral…  Todo está en un estado de efervescencia. En lugar del anterior optimismo que manifestaba confiadamente que el capitalismo había solucionado todos sus problemas, hay un estado de ánimo que todo lo impregna de tristeza.

"Ahora todos somos keynesianos". Así lo dijo Richard Nixon, el entonces presidente republicano de los EEUU, en 1971. Cuarenta años después, parece que John Maynard Keynes ha vuelto a ponerse de moda, especialmente entre los líderes del movimiento obrero británico. Las direcciones reformistas del Partido Laborista y los sindicatos se aferran a la idea keynesiana de que la economía sólo ha de ser "estimulada" para volver al crecimiento. Pero tal y como los marxistas ya hemos explicado antes, la crisis económica actual no es sólo parte de una crisis cíclica de auge y recesión, sino que es una crisis orgánica del capitalismo, y el crecimiento económico no puede generarse a voluntad.

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