Las magníficas movilizaciones de los pensionistas de estos meses son una inspiración para todos. Ausentes de consignas y de dirección por parte de las cúpulas sindicales y de la izquierda, se han lanzado a la calle con todo su ímpetu para tomar su destino en sus manos, ayudando a transformar toda la situación. No es casualidad que al frente del movimiento, en cada zona y ciudad, se hayan situado veteranos activistas sindicales y de izquierdas de los años 70, ahora jubilados, que han puesto al servicio del movimiento su experiencia acumulada en años de lucha contra la dictadura franquista, contra los patronos, y contra los despidos y reconversiones industriales.

La jornada del 8 de marzo que vivimos en el Estado español ha sido histórica. Un comentarista del diario catalán El Periódico, la describió como “más que una huelga, casi una revolución”. Y esta apreciación no era exagerada. Tras varios años de apatía y desmovilización, una marea humana emergió en las calles de todo el país, arrastrando a mujeres (y hombres) de todos los sectores populares, pero fundamentalmente de la clase trabajadora. Hubo un ambiente de fuerza y confianza en las propias fuerzas que se rebelaba contra la atmósfera de estancamiento, desesperanza y fatalismo que la clase dominante, y también los dirigentes sindicales y de izquierdas, habían establecido en el último período.

Las elecciones italianas –un terremoto político en el verdadero sentido de la palabra– han producido lo que se había predicho durante mucho tiempo: un parlamento sin mayorías, sin ningún partido o coalición de partidos, capaz de formar un gobierno mayoritario. Los comentaristas burgueses serios han lamentado el hecho de que más del 50 por ciento del electorado votara por partidos "populistas" en contra del establishment, mientras que los partidos en los que el sistema ha descansado durante los últimos 25 años se han visto seriamente debilitados.

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