En medio de una turbulencia política y diplomática, Nicolás Maduro Moros ha sido investido para ejercer un nuevo mandato presidencial. El injerecismo imperialista encabezado por la Casa Blanca, y secundado por gobiernos e instituciones multilaterales como: Canadá, la Unión Europea, el Grupo de Lima y la OEA; sumado a las maniobras desestabilizadoras de la Asamblea Nacional, de mayoría opositora; han abierto una crisis política de gran envergadura en Venezuela y la región.

Hay que decirlo claramente, lo que está sucediendo en Venezuela es un intento de golpe de estado. El 10 de enero se juramentó el presidente Maduro para un nuevo mandato. Había ganado las elecciones del pasado 20 de mayo, en las que un sector de la oposición decidió participar y otro boicotearlas. El 11 de enero, Juan Guaidó, el presidente de la opositora Asamblea Nacional (en desacato desde 2015) desconoce al presidente Maduro y se declara dispuesto a asumir la Presidencia “con el apoyo de las fuerzas armadas, el pueblo y la comunidad internacional”.

Este jueves 10 de enero, Maduro se ha juramentado ante el Tribunal Supremo de Justicia para un nuevo periodo presidencial que terminaría en 2025. Mientras, la oposición que parece unificada entorno al desconocimiento de las elecciones, en realidad reincide en sus divisiones: los radicales, insisten en que hay un vacío de poder que debe ser llenado por la Asamblea Nacional; otros, mas cautelosos, señalan que no hay un vacío de poder porque el mismo está siendo “usurpado”, una posición que a todas luces busca librarse de la corona de espinas ofrecida por los radicales, ya que la juramentación de un gobierno presidido por el parlamento seguramente tendría que gobernar desde el “exilio” o la prisión, como ocurrió con los magistrados nombrados también por la AN.

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