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“Salus
populi suprema est lex”
(El bien del pueblo es la ley suprema). Cicerón
La presente
obra es una recopilación de artículos que escribí desde 2003 a 2005. Aunque no
fueron escritos con la intención de publicarlos en forma de libro, creo que,
tomados en su conjunto, forman una relación bastante completa y coherente de
los tormentosos acontecimientos de ese período. La tesis central de estos
artículos, desde el primero, era la siguiente: que la Revolución Bolivariana
sólo podría triunfar si iba más allá de los límites de la propiedad privada
capitalista, expropiando a la oligarquía y transformándose en una revolución
socialista.
En aquel
momento, a pesar de su carácter extraordinariamente heroico y audaz, la
Revolución Bolivariana no cuestionaba las relaciones capitalistas de propiedad.
Sus perspectivas se limitaban al programa que Lenin describía como revolución
democrática nacional. Era en este sentido (leninista) en el que yo lo describía
como un movimiento pequeño burgués, es decir, un movimiento revolucionario que
vacilaba entre la burguesía y el proletariado, entre el socialismo y el
capitalismo. Esta perspectiva pequeño burguesa se resumía en la expresión
“tercera vía”.
A Lenin le
gustaba mucho un refrán ruso que decía: la vida enseña. A través de su
propia experiencia, junto con mucha lectura y discusión, el presidente Chávez
se convenció de que el socialismo representa la única salida para la Revolución
Bolivariana. Esta era una conclusión audaz y absolutamente correcta que
corresponde precisamente con las necesidades objetivas de la revolución y las
aspiraciones de las masas de trabajadores y campesinos venezolanos, de la
juventud y los intelectuales progresistas, en pocas palabras, de todos los
elementos vivos de la sociedad venezolana.
En los últimos
quince años hemos presenciado una contraofensiva ideológica sin precedentes de
la burguesía a escala mundial. La defensa del socialismo por parte del
presidente Chávez, no sólo para Venezuela sino para toda América Latina y el
mundo, es particularmente importante en un momento en que, tras el colapso de
la Unión Soviética, estaba de moda decir que el socialismo estaba muerto y que
las ideas del marxismo habían sido falsificadas por la historia. El objetivo de
esta propaganda era convencer a los pueblos de que sólo había un sistema
posible: el capitalismo.
Los apologistas
del capitalismo lo confunden todo. El problema central al que se enfrenta el
mundo hoy es la existencia del imperialismo y el capitalismo. Las gigantescas
corporaciones están intentando controlar todo el mundo y saquearlo por el
beneficio. Cuentan con el apoyo de los grandes rufianes capitalistas, en primer
lugar EEUU, que, después del colapso de la URSS, disfruta de un poder sin
precedentes y lo utiliza para poner y quitar gobiernos, para someter a países y
continentes enteros a su voluntad. Ha invadido y saqueado Irak, y ha hundido a
este país y a todo Oriente Medio en un caos sangriento. Amenaza vergonzosamente
a Cuba e Irán. Y sobre todo, está luchando con todas sus fuerzas para derrocar
a Hugo Chávez y destruir la Revolución Bolivariana.
La quinta
columna
La
contrarrevolución en Venezuela ha sido derrotada por las masas al menos en tres
ocasiones. Pero aquella de ninguna manera se reconcilia con la derrota.
Washington no puede reconciliarse con la Revolución Bolivariana debido al
efecto que está teniendo en las masas de campesinos pobres y trabajadores de
toda América Latina. Si no puede triunfar a través del ataque directo, lo
intentará por otros medios. El imperialismo y la oligarquía tienen muchas armas
en su arsenal: soborno, corrupción, infiltración en el movimiento
revolucionario para socavarlo desde dentro y mil trucos más.
Un diputado
conservador del parlamento británico dijo en cierta ocasión a un parlamentario
del ala de izquierdas laborista: “Nunca podréis triunfar porque siempre
compraremos a vuestros dirigentes”. Este hombre estaba expresando con una
franqueza inusual una realidad que todo trabajador consciente conoce muy bien:
la clase dominante utiliza la corrupción para comprar a los dirigentes del
movimiento, para controlarlos desde arriba, para diluir su esencia
revolucionaria y convertirlos en algo inocuo e impotente.
El peligro más
grande al que se enfrenta la Revolución Bolivariana es la burocracia, ese
cáncer venenoso que roe las entrañas de la revolución y la devora desde dentro.
La burocracia “bolivariana” pro-burguesa es la quinta columna que amenaza el
futuro de la revolución. La lucha contra la burocracia y la corrupción es por
tanto una parte importante de la lucha contra la contrarrevolución.
Desde que el
presidente Chávez ha empezado a favor del socialismo, los trabajadores, los
campesinos y los jóvenes han eraccionado con entusiasmo. La base de los
activistas bolivarianos ha comenzado a estudiar las ideas del socialismo
científico: el marxismo. Este acontecimiento es una amenaza mortal para la
burocracia, que recurre a todo tipo de métodos para combatirla. No pueden
oponerse abiertamente a la idea del socialismo, porque el propio presidente la
ha apoyado. En su lugar, intentan argumentar que el “socialismo del siglo XXI”
es algo nuevo y único, es decir, algo bastante diferente del marxismo.
El presidente
Chávez ha dicho muchas veces que el capitalismo es esclavitud, que su
continuada existencia es una amenaza para la supervivencia de la raza humana y
la vida sobre la Tierra. Él cita la famosa frase de Rosa Luxemburgo: socialismo
o barbarie. ¿No está absolutamente claro? Ni uno de los problemas a los que se
enfrenta las masas se puede resolver sin una lucha frontal contra el
capitalismo y el imperialismo. Ese es el primer punto que hay que explicar.
Aquí tenemos la
primera discrepancia con los reformistas. Ellos creen que es posible conseguir
nuestros objetivos sin una ruptura radical con el capitalismo. Ellos están de
acuerdo en que las cosas hoy no son quizá tan bonitas como nos gustaría que
fueran, pero eso puede cambiar. Sólo se requiere un poco de paciencia y
moderación y todo irá bien. Desgraciadamente, una gran parte de la izquierda
(incluidos algunos que se llaman marxistas) han caído en esa trampa. No hablan
de la lucha contra el capitalismo, sino de la lucha contra el “neoliberalismo”.
Es decir, no proponen una lucha para abolir el capitalismo sino sólo un cambio
de modelo. Lo que están diciendo, en resúmen, es: “no queremos éste capitalismo
brutal, queremos otro más bonito, un capitalismo más humano”.
Este coro es
entonado repetidamente por la socialdemocracia y grupos reformistas como Attac
que sistemáticamente extienden confusión y desorientación entre la vanguardia
revolucionaria. ¿Qué propone esta gente? Sólo esto: que los ricos son demasiado
ricos y los pobres son demasiado pobres, por lo tanto, los ricos deberían estar
de acuerdo en dar una parte de sus riquezas, para que los pobres pudieran ser
un poco menos pobres y todo el mundo estaría feliz. Los empresarios seguirán
siendo aún empresarios, y los trabajadores seguirán siendo esclavos asalariados,
pero serían esclavos asalariados más felices y, por tanto, menos inclinados a
rebelarse.
¿Ideas
nuevas?
Resulta
bastante asombroso que esta gente pretenda presentar ideas nuevas y modernas,
mientras el marxismo representa las viejas ideas pasadas de moda. En realidad,
las ideas de los reformistas simplemente repiten las nociones confusas del
socialismo pre-marxista, las ideas de socialistas utópicos como Robert Owen,
Fourier y Saint Simon, que pasaron toda su vida intentando persuadir a los
capitalistas por el argumento racional de que sería en su propio interés dar
algo de sus beneficios para mejorar la vida de los trabajadores.
Asombrosamente,
los críticos reformistas de Marx se consideran realistas políticos. En
realidad, los reformistas se comportan como un hombre que intenta persuadir a
un tigre de que coma hierba en lugar de carne. Esta persona no conseguirá
cambiar los hábitos alimenticios del tigre sino que acabará dentro de su
estómago. Los reformistas no entienden que es imposible reconciliar intereses
de clase antagónicos. Es imposible reconciliar los intereses del trabajo
asalariado y el capital. Esto no es en absoluto realismo, sino la más
absurda utopía.
La sociedad
está dividida en clases antagónicas. El gran socialista irlandés James Larkin
solía decir algo así: “existen dos clases, los que producen todo y no poseen
nada, los que no producen nada y lo poseen todo”. Esto es una simplificación,
por supuesto, porque también hay capas intermedias, clases medias (a las que
pertenecen inevitablemente los reformistas). Sin embargo, describe con
precisión las dos clases principales de la sociedad: el proletariado y la
burguesía.
¿Los
marxistas defienden la violencia?
Las críticas al
marxismo revolucionario se basan en todo tipo de argumentos, la mayoría son el
resultado de la ignorancia, de malentendidos, o de una distorsión intencionada.
Una de las acusaciones más comunes contra el marxismo es que defiende la
violencia, mientras que la revolución bolivariana es una revolución pacífica
que está procediendo de manera gradual, paso a paso, para transformar la
sociedad por medios legales y parlamentarios. En general, todos podemos estar
de acuerdo en la indeseabilidad de la violencia como medio para dirimir los
enfrentamientos sociales y políticos. Pero incluso el estudio más superficial
de la historia inmediatamente nos lleva a la conclusión de que la violencia
siempre ha sido utilizada por la clase dominante para perpetuar su poder y
privilegios.
La Revolución
Venezolana no contradice esta regla sino que la confirma completamente. El
presidente Chávez ha ganado todas y cada una de las elecciones con mayorías
aplastantes. ¿Cuál ha sido la reacción de los terratenientes, banqueros y
capitalistas venezolanos? Organizaron una campaña de sabotaje fuera del
parlamento, culminando con el golpe de Estado de Abril del 2002. Esto fue en
realidad una insurrección armada contra un gobierno elegido democráticamente,
en el transcurso de la cual fueron asesinadas docenas de personas. Ese golpe
fue derrotado por el movimiento revolucionario de las masas que salvaron la
revolución con su extraordinario heroísmo.
Después del
fracaso del golpe de Estado, en mi opinión, hubiera sido perfectamente posible
haber expropiado a la oligarquía y acabado la revolución sin derramamiento de
sangre o guerra civil. Las fuerzas reaccionarias estaban hechas añicos,
desmoralizadas y divididas. Eran incapaces de presentar resistencia, pero la
revolución, en lugar de pasar a la ofensiva, perdió la iniciativa.
Después de eso,
se hizo un intento serio para conseguir algún tipo de reconciliación nacional.
Los contrarrevolucionarios fueron tratados con gran amabilidad y consideración.
¿Con qué resultado? ¿Desistieron de su oposición? No, estaban más decididos que
antes a destruir la revolución. Llegaron a la conclusión de que había síntomas
de debilidad y organizaron un segundo intento de derrocamiento del gobierno. En
pocos meses lanzaron el paro patronal y un saboteo criminal de la industria
petrolera que dañó seriamente la economía.
¿Qué conclusión
podemos extraer de esta experiencia concreta de la Revolución Bolivariana? Sólo
esta: que no es posible reconciliar los intereses del proletariado con los de
la burguesía. Uno puede apoyar los intereses de la clase obrera, que es la gran
mayoría de la sociedad, o puede apoyar los intereses de la minoría de los
parásitos ricos - los banqueros, terratenientes y capitalistas. Pero no se
puede apoyar a los dos. Al intentar reconciliar intereses de clase
irreconciliables, los reformistas terminan inevitablemente apoyando a la clase
dominante contra la clase obrera.
En alguna parte
de la Biblia se dice que el león debería yacer con el cordero. Pero en
la vida real un cordero que intentara yacer con un león tendría una experiencia
muy incómoda. Un gobierno que es elegido por la clase obrera para que actúe en
su interés, pero que después deja el poder económico en manos de los banqueros,
terratenientes y capitalistas, pronto descubrirá que es incapaz de cumplir sus
promesas. Aunque elegido con los votos de la mayoría, se encontrará con que las
decisiones económicas importantes no están en sus manos.
O
capitalismo o socialismo
Expresaremos
esta idea de una forma diferente: si aceptas el sistema capitalista (la
“economía de mercado”) entonces debes aceptar las leyes del sistema
capitalista. Pero las leyes del mercado dictan que los capitalistas deben
conseguir beneficio y que todo lo demás está subordinado a esto. Es inútil
quejarse de ello.
El socialismo
es un sistema de economía planificada, basado en la nacionalización de los
medios de producción y la participación y control democrático por pare de la
clase obrera. El sistema capitalista es un sistema anárquico. No se puede
planificar. El financiero George Soros hace unos años escribió un libro en el
que describía con gran detalle la naturaleza anárquica de los mercados
financieros internacionales, pero él defendía (un poco como los reformistas)
medidas para regular los mercados financieros internacionales, lo que
era un chiste, cómo enseñar al tigre a convertirse en vegetariano. Sobra decir,
que esto no tendría el más mínimo efecto sobre los mercados financieros
internacionales ni sobre nada más.
Para resolver
problemas como el desempleo o la falta de viviendas y escuelas es necesario que
el gobierno introduzca la planificación económica, elaborar un plan económico
basado en las necesidades de la mayoría, no en el beneficio de la minoría. Pero
no puedes planificar lo que no controlas y no puedes controlar lo que no
tienes. En la medida en que la tierra, los bancos y la gran industria sigan en
manos privadas no hay solución posible.
Ese es el
desafío central al que se enfrenta la Revolución Venezolana en el momento
actual. La revolución ha comenzado, pero no está acabada. En realidad, la tarea
principal tiene todavía que cumplirse. ¿Cuál es el problema central? Sólo este:
que el viejo aparato del Estado está aún en gran parte intacto y varias de
las palancas decisivas de la economía (incluidos los bancos y la tierra) siguen
en manos de la oligarquía venezolana.
En la medida
que esta situación continúe la revolución estará en peligro. La oligarquía
nunca se reconciliará con la revolución. Aunque su propiedad apenas se ha
tocado, aunque todavía disfruta de su riqueza y privilegios, aunque todavía
tiene en sus manos los poderosos medios de comunicación en forma de los
principales periódicos diarios y canales de televisión, que se usan para
vomitar un torrente diario de suciedad, mentiras y calumnias contra el gobierno
elegido democráticamente, a pesar de todo esto, no está satisfecha. Y nunca
estará satisfecha hasta que haya derribado el gobierno y aplastado a las masas
bajo sus pies.
Estos hechos
son conocidos para todos. Incluso el más ciego de los ciegos debería ser capaz
de ver la verdadera situación. Pero, como se suele decir, no hay más ciego que
el que no quiere ver. Los reformistas nunca quieren ver la realidad. Prefieren
engañarse a sí mismos y a los demás con mitos confortables sobre corderos
yaciendo al lado de leones y tigres comiendo una sana dieta de lechuga. ¡Y esta
gente tiene el descaro de describir a los revolucionarios como “utópicos”!
La ley y la
contrarrevolución
¿Deberíamos
respetar el “dominio de la ley”? Para responder a esta pregunta primero debemos
comprender la naturaleza de las leyes, de donde vienen y qué intereses
representan. Solón el Grande era un hombre que sabía mucho sobre la ley. El
autor de la Constitución y las leyes de Atenas, Solón, dijo lo siguiente: “La
ley es como una tela de araña, los grandes la rompen fácilmente pero los pequeños
quedan atrapados en ella”. ¡Qué gran verdad! ¡Y cómo representa la
situación actual en Venezuela! La misma oligarquía que aúlla sobre las
supuestas “violaciones de la ley” por el gobierno organizó un golpe militar
contra el gobierno elegido democráticamente. ¿Dónde estaba entonces el respeto
por la ley?
Si un
trabajador o campesino quebranta la ley es llevado a prisión. Pero la gran
mayoría de aquellos canallas que organizaron el derrocamiento del gobierno
legal siguen en libertad. Continúan con sus intrigas y complots sin ningún
problema, mientras se quejan ante todo el mundo de que se les ha tratado muy
mal, que sus derechos humanos han sido violados, etc., ¿No es esto una broma de
mal gusto?
En abril de
2002, cuando las masas de trabajadores y gente humilde se levantaron,
arriesgando su vida para salvar la democracia en Venezuela, docenas de personas
inocentes fueron asesinadas por la policía. ¿Cuántos de estos asesinos fueron
castigados? ¿Cuántos fueron enviados a prisión? ¿Qué tipo de “dominio de la ley”
es el que protege al culpable y permite que los criminales continúen con sus
actividades con impunidad?
Es bien
conocido que elementos de la policía han sido culpables de constantes
provocaciones, actos ilegales e incluso asesinatos. ¿Por qué se permite esto?
¿Qué tiene que ver esta impunidad
con la aplicación de la ley? No, esta es una situación intolerable incluso desde el punto de vista de
la ley burguesa ordinaria. La revolución tiene el derecho a defenderse y debe
hacerlo. Debe ponerse en marcha y disolver los órganos reaccionarios y
sustituirlos por una policía de ciudadanos organizada por comités
revolucionarios armados .
¿Este acto iría
en concordancia estricta con la letra de la ley? No lo sé. Pero lo que sí sé es que es absolutamente
necesario y sería aplaudido por la gran mayoría de la población de Venezuela.
¿Cómo se podría justificar? Se puede justificar bastante fácilmente por las
palabras de Cicerón con las que empieza este artículo, ese gran republicano,
que hace mucho tiempo explicó que el bien del pueblo es la ley suprema. Expresaremos
la misma idea de una forma aún más concreta: La seguridad de la revolución
es la ley suprema.
La verdad es
siempre concreta
Los franceses
tienen una expresión: “A la guerre comme a la guerre” (En la guerra como en
la guerra). El pueblo revolucionario de Venezuela está en guerra, incluso
aunque no se haya declarado la guerra. La realidad es que llevan varios años en
guerra, y la guerra se intensifica constantemente. Hegel solía decir: “La
verdad es siempre concreta”. En un momento en que los enemigos de la Revolución
Venezolana están aglutinando sus fuerzas para asestar un golpe mortal al pueblo
de Venezuela, cuando los escuadrones de la muerte de la CIA están planeando
asesinar al presidente en colaboración con la oposición venezolana, ¿es el
momento de enredarnos en cuestiones de legalidad?
En tiempos de
guerra incluso los países más democráticos descubren la necesidad de poner
algunas restricciones a las libertades civiles, incluida la famosa libertad de
expresión. Durante la Segunda Guerra Mundial, en Gran Bretaña, conocidos
simpatizantes de Alemania fueron llevados a prisión incluso aunque no habían
cometido ningún crimen. Los periódicos de la oposición eran cerrados o
sometidos a la censura. Durante la lucha por la independencia, Simón Bolívar
también emitió el famoso Decreto de Guerra a Muerte mediante el cual
todos aquellos españoles que no se unieran a la lucha contra la tiranía serían
ejecutados. Ésta era una medida cruel, pero necesaria en condiciones de guerra.
La oposición venezolana, que como mínimo es culpable de apología del
terrorismo, continúa impune.
¿Cuánto tiempo
se puede permitir que siga esta situación? Esa es la pregunta a la que deben
responder muchos trabajadores y la base chavista. Las masas están exigiendo una
acción decisiva. Las masas instintivamente comprenden que la revolución todavía
no se ha llevado hasta el final. Ven el peligro de la contrarrevolución, saben
exactamente que significa esto para ellos y sus familias. Por eso están
exigiendo acción.
El trabajador
no ha leído muchos libros y no tiene un diploma pero tiene un agudo instinto de
clase y sabe qué se debe hacer. Él (o ella) sabe que le espera una lucha seria
y que no se puede evitar. Sin embargo, hay alguna gente muy inteligente que ha
leído muchos libros y puede hacer discursos tan profundos que nadie puede
entenderlos, y menos aún aquellos que los escriben.
Todos estos
individuos “inteligentes” tienen una cosa en común, están en contra de la
revolución. Sin embargo, no hablan tan claramente (porque nunca dicen nada
claramente). Hablan desdeñosamente de las “viejas ideas” (del marxismo)
y siempre hacen referencia a las “nuevas ideas” que son tan necesarias.
Desgraciadamente, cuando se les pide que digan en que consisten estas “nuevas
ideas”, inmediatamente cambian de tema o comienzan a hablar de generalidades
sobre el “poder”, la “cooperación” o cualquier otra cosa excepto de lo que
exige la situación.
¿Cuál es la
esencia de esta “sabiduría” despojada de verbosidad? Que no es necesario que la
clase obrera tome el poder, que es posible buscar “métodos alternativos” y
otras cosas similares. ¿Cuáles son estos métodos? Hablando en un sentido
amplio, estamos hablando de diferentes formas de cooperación. Esta
extraordinaria “nueva” idea es tan vieja como Robert Owen, el gran socialista
utópico galés, es decir, hablamos de hace casi doscientos años. Robert Owen ¾mi paisano¾ fue un gran pionero del socialismo y sus ideas eran extraordinariamente
avanzadas para su época. Pero contraponer sus ideas a las de Marx y Lenin es
como proponer el regreso a la época del carro tirado por caballos y al arado de
madera, en lugar del tractor y la cosechadora.
Incluso hoy las
cooperativas pueden jugar un papel importante en la lucha por el socialismo,
por supuesto. Son particularmente importantes como un medio de estimular la
cooperación entre los campesinos en un país como Venezuela. Pero nunca pueden
ser una alternativa a una economía nacionalizada y planificada. La idea de que
puede haber “islas de socialismo” dentro de la economía capitalista es sólo una
tontería. La experiencia histórica de las cooperativas demuestra que bajo el
capitalismo al final existe una tendencia inevitable a degenerar en empresas
capitalistas normales. Y esto ya se puede ver hoy en día en Venezuela.
Lo que están
exigiendo los trabajadores no es la cooperación sino la expropiación, no es la
participación sino el control obrero. El control obrero es un gran paso
adelante y debemos impulsarlo. Desafía el “sacrosanto derecho” de los
capitalistas y los burócratas a dirigir la industria, y da a los trabajadores
la inapreciable experiencia de la administración y el control que pueden tener
un buen uso en una economía socialista planificada. Sin embargo, en la medida
en que los elementos clave de la economía sigan aún en manos privadas, en la
medida en que no exista una genuina economía planificada y nacionalizada, la
experiencia del control obrero inevitablemente sólo tendrá un carácter parcial,
desigual e insatisfactorio.
Cómo hacer
que la revolución sea irreversible
A los
reformistas hay que reconocerles una extraordinaria dosis de ingenio.
Constantemente desarrollan el mismo tema en claves diferentes. En Venezuela
ellos a menudo recurren a la siguiente variante: sí, la revolución no ha
terminado, pero nunca se acabará, porque es un proceso. Este tema de la revolución
como un proceso permanente suena muy profundo y revolucionario. En
realidad, no es así. Es un truco retórico muy banal, un juego de palabras.
Porque si un proceso siempre se está desarrollando entonces nunca cambia nada
fundamental.
Los franceses
expresan esta idea con un refrán: “plus ca change, plus c’est la meme chose”
(cuanto más cambian las cosas más siguen igual). Pero esto es fatal
para la revolución. En un determinado momento las masas comenzarán a preguntar:
¿Qué ha cambiado realmente? Tenemos la misma vieja burocracia, la misma
corrupción que antes, los mismos capitalistas dirigen las fábricas, los mismos
terratenientes poseen la tierra, la misma policía, los mismos jueces y
embajadores. ¡Para esto no hicimos la revolución!
Hasta el
momento en cada punto de inflexión decisivo las masas han salvado la revolución
de sus enemigos. Las masas han sido su principal fuerza motriz. Pero si aparece
un ambiente de cansancio y escepticismo, la correlación de fuerzas de clase
puede cambiar. La iniciativa puede pasar una vez más a la contrarrevolución.
Por lo tanto, aquellos “bolivarianos” que están intentando poner freno a la
revolución, diciendo que “no debemos ir demasiado lejos”, en realidad la están
socavando y haciendo el juego a la contrarrevolución.
Pero nuestros
amigos reformistas protestarán: ¿Qué ocurre con el parlamento? Como
marxista que soy, y no anarquista, no tengo ninguna objeción en la utilización
del parlamento. En general, debemos utilizar toda apertura democrática que esté
a nuestra disposición bajo el capitalismo, en la medida en que sea posible. El
caso de Venezuela demuestra que las elecciones parlamentarias pueden jugar un
papel enorme en la movilización de las masas, en su organización y para asestar
golpes contra la oligarquía. Esto permitió a la clase obrera recuperarse y reagruparse
después de la masacre del Caracazo.
Desde que fue
elegido, el gobierno bolivariano ha aprobado una serie de leyes progresistas
que han beneficiado a la población en terrenos tan importantes como la
educación y la sanidad. Se ha hecho un inicio de reforma agraria, aunque
todavía es insuficiente. Todo esto es progresista y debemos apoyarlo con
entusiasmo. Pero esto todavía no significa que los problemas fundamentales se
hayan solucionado o que la revolución no pueda dar marcha atrás.
Hugo Chávez ha
conseguido mayorías sustanciales en cada elección desde 1998. Derrotó
decisivamente a la oposición en el referéndum revocatorio de agosto de 2004. Ha
conseguido una gran mayoría en el parlamento. En las elecciones legislativas de
diciembre de 2005 la oposición las boicoteó. Esta acción sólo se puede
interpretar de una manera: la burguesía venezolana ha abandonado toda idea de
conseguir sus objetivos con métodos pacíficos, legales y parlamentarios. La
lucha se aproxima ahora a su etapa decisiva.
Lo que hace falta
es nacionalizar la tierra, los bancos y la gran industria privada. Esto nos
permitirá planificar la economía y movilizar las fuerzas productivas en
beneficio de la mayoría. Ahora estamos en vísperas de unas nuevas elecciones
presidenciales. El presidente Chávez ha dicho que la próxima etapa hará
irreversible la Revolución Bolivariana. ¿Pero cómo se puede hacer esto? Sólo
poniendo fin al poder de la oligarquía de una vez por todas. Esto se puede
hacer legalmente y a través del parlamento, pero sólo con la condición de que
las masas se movilicen fuera del parlamento para combatir la contrarrevolución,
ocupando las fábricas, los bancos y la tierra.
¿Qué es lo que
impide que el gobierno elegido introduzca una ley habilitante que nacionalice
la propiedad de la oligarquía? Sería posible explicar al país en televisión las
razones de esto (hay varias razones muy sólidas). Al mismo tiempo, habría que
hacer un llamamiento a los trabajadores y campesinos para que no esperen al
parlamento (que tiende a ser lento) sino que emprendan la acción inmediata, que
ocupen la tierra y las fábricas.
“¡Pero esto
significaría violencia y guerra civil!” Este es el argumento estándar de los reformistas
contra la revolución. Pero en realidad, la verdad es exactamente lo contrario. La
dialéctica del reformismo es que siempre produce resultados que son el opuesto
exacto de los que pretendía. El intento de conciliar con la oligarquía, adoptar
una política moderada, evitar los enfrentamientos, etc., inevitablemente
llevará al final a la violencia más terrible.
Como hemos
señalado, la debilidad invita a la agresión. Sin embargo, hay una forma de
evitar un derramamiento de sangre y guerra civil, sólo una forma. Hace mucho
tiempo lo comprendieron los antiguos romanos cuando dijeron: “Si pacem vis
para bellum”- “Si quieres la paz prepárate para la guerra”. Es decir: si
los trabajadores están armados y movilizados, preparados para ir hasta el
final, entonces la muy probable resistencia violenta por parte de los dueños de
la propiedad se reducirá al mínimo.
La Revolución
Venezolana se enfrenta a un punto de inflexión. Todas las fuerzas
revolucionarias lucharán para garantizar la reelección del presidente. Pero la
única forma de que la revolución sea irreversible es expropiando a los
terratenientes, banqueros y capitalistas, creando las bases para una economía
socialista planificada con el control y administración democráticas de la clase
obrera. Los trabajadores y campesinos de Venezuela serán el faro que animará a
las masas a seguir su dirección a todas partes. Esta es la única manera de
recuperar el sueño de Bolívar: una América Latina unida, que hoy sólo se puede
conseguir como una Federación Socialista de América Latina.
Londres, 16 de
junio de 2006
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