La Revolución y la lucha por el Control Obrero

Spanish translation of Revolution and the Struggle for Workers' Control by Rob Sewell (December 23, 2005)
Venezuela se encuentra en la primera línea de la revolución mundial. El movimiento de masas está avanzando en todos los frentes, retando los límites del capitalismo. Dentro de la clase obrera, la cuestión del control obrero (que suelen denominar como “cogestión obrera”) se ha convertido en un asunto de la mayor importancia, en la medida que el gobierno de Chávez ha elaborado una lista de más de 1000 fábricas abandonadas que pudieran ser tomadas por los trabajadores. Esta no es una medida burocrática desde arriba, sino que está vinculada con la expropiación de fábricas bajo control obrero.

En Octubre, numerosos representantes obreros y activistas sindicales se reunieron en Caracas en el marco del Encuentro Nacional de Trabajadores de Empresas Recuperadas. El objetivo principal de este encuentro, organizado por la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), era el de juntar a los trabajadores involucrados en la experiencia de la toma de empresas y las diferentes formas de control y administración obrera.

El tema del control obrero había estado en el tapete en Gran Bretaña en la década de 1970. Incluso se constituyó un cuerpo -el llamado Instituto del Control Obrero- para estudiar y promover el asunto. Esto no era ningún accidente. La década de 1970 en Gran Bretaña fue un período de intensa lucha de clases y ocupación de fábricas. Fue durante ese tiempo de lucha de clase militante y avance del movimiento obrero que la idea del control obrero se volvió popular. No se trataba de una cuestión abstracta. Siguiendo a la nacionalización de British Leyland, se desató un acalorado debate sobre qué control tendrían los trabajadores sobre las industrias propiedad del Estado. Los marxistas hicimos la demanda de que las juntas directivas de las industrias nacionalizadas debían estar compuestas por una tercera parte de los trabajadores en la industria, otra tercera parte del movimiento sindical en general y el último tercio, por el Gobierno.

Sin embargo, había mucha confusión en el movimiento sobre los diferentes asuntos del control obrero, cogestión obrera y administración obrera. Los reformistas de derecha hacía tiempo habían estado a favor de la participación de los trabajadores (cogestión clásica). Esta propuesta alcanzó su máximo en Alemania, donde los sindicatos fueron arrastrados luego de la guerra hacia una colaboración estrecha con el Estado y los patrones. De instrumentos de lucha de clase, los sindicatos y los comités de fábrica se volvieron cada vez más en órganos para la colaboración de clases. La participación de los trabajadores llevó a los trabajadores hacia las juntas administrativas, aislándolos completamente de las bases y los envolvió en las decisiones de cómo exprimir mejor el trabajo no pagado (plusvalía) de los trabajadores. A un nivel más bajo, la participación de los trabajadores involucraba asuntos que no tenían ninguna importancia real en el manejo de la planta.

Como explicaba León Trotsky a principios de los años 1930, “Si la participación de los trabajadores en la gestión de la producción ha de ser duradera, estable, "normal", deberá apoyarse en la colaboración y no en la lucha de clases. Tal colaboración de clases solamente puede llevarse a cabo a través de los estratos superiores de los sindicatos y las asociaciones capitalistas. No han faltado los experimentos de este tipo en Alemania (la "democracia económica"), en Inglaterra (el "mondismo"), etcétera. No obstante, en todos estos casos, no se trataba del control de los obreros sobre el capital, sino de la subordinación de la burocracia del trabajo al capital. Esta subordinación, como lo muestra la experiencia, puede durar mucho tiempo: depende de la paciencia del proletariado.” (L. Trotsky, El Control Obrero de la Producción, 20 de Agosto de 1931)

Este proceso de colaboración de clases alcanzó su máximo en Gran Bretaña en la década y media que siguió a la derrota de la huelga minera de 1984-85. Tomó el nombre de “Realismo Nuevo”. “La participación para nosotros es cooperación”, declaraba Bill Morris, el entonces Secretario General del Sindicato de Trabajadores del Transporte (TGWU). Posteriormente fue hecho caballero, por su “cooperación” en introducir nuevos (peores) términos y condiciones en la industria automotriz y demás. En la industria metalúrgica, los “directores laborales” colaboraban con despidos masivos y la destrucción de decenas de miles de puestos de trabajos.

El concepto del Control Obrero es fundamentalmente diferente del de la “participación” (cogestión clásica). Como explicaba Trotsky, “Los obreros no necesitan el control para fines platónicos, sino para ejercer una influencia práctica sobre la producción y sobre las operaciones comerciales de los patrones (...). En forma desarrollada, el control implica, por consiguiente, una especie de poder económico dual en las fábricas, la banca, las empresas comerciales, etc.” (L. Trotsky, Ob. cit.)

En cada fábrica y sitio de trabajo, los patrones imponen su propio régimen. A través de sus gerentes, determinan las condiciones de trabajo, los turnos, los descansos y la velocidad de las operaciones. A través de sus expertos en optimización, intentan exprimirle hasta la última gota de trabajo no pagado a la clase obrera. Con el tiempo, los trabajadores se organizan contra estas presiones. Dependiendo de la correlación de fuerzas, el grado de organización y resistencia, los trabajadores empiezan influir sobre sus condiciones de trabajo. La organización de Comités de Delegados Laborales se ha convertido en una expresión importante de esto. A través de la presión desde las bases, los trabajadores pueden ganar ciertas concesiones de los patrones en un amplio margen de cuestiones. Pueden ganar control sobre la contratación y los despidos, provisiones de seguridad, el ritmo de trabajo, etc. El grado de concesiones ganado será determinado por la correlación de fuerzas en cada industria.

Durante los años de la década de 1970, el movimiento sindical en Gran Bretaña estaba avanzando. Habían conseguido una posición poderosa dentro de la industria y de la sociedad. Los comités de delegados crecían en tamaño e importancia. Bajo estas circunstancias, había niveles bastante elevados de control obrero en un gran número de sectores e industrias. Sin embargo, durante los años 1980, con la derrota de la huelga minera y la capitulación del TUC (principal central obrera británica) ante el gobierno de Thatcher, la correlación de fuerzas empezó a cambiar rápidamente. La legislación antisindical sirvió para atar a los líderes sindicales al Estado capitalista. Los patrones emprendieron una ofensiva sin cuartel que barrió con mucho de los elementos de control obrero. Los patrones tenían en ese momento la ventaja y estaban determinados a imponer su “derecho a gerenciar”.

El control obrero tiene, sin embargo, un carácter transitorio. O bien lleva a la nacionalización y la administración obrera de la industria, o inevitablemente retrocede y los trabajadores pierden control de los poderes limitados que han alcanzado. En los EEUU, la lucha por el control alcanzó sus límites en las huelgas de 1935-38. Las fábricas estaban en manos de los trabajadores, pero sin su expropiación, los trabajadores se vieron forzados a rendirse en un momento dado y ceder el control que tenían. Definiendo el carácter contradictorio del control obrero, Trotsky explicaba: “El control se encuentra en manos de los trabajadores. Esto significa que la propiedad y el derecho a enajenarla continúan en manos de los capitalistas. Por lo tanto, el régimen tiene un carácter contradictorio, constituyéndose una especie de interregno económico.” (L. Trotsky, Ob. cit.) Esto no puede durar indefinidamente. Tarde o temprano los patrones impondrán nuevamente su voluntad sobre los trabajadores en la medida que conserven la propiedad de la empresa.

El control obrero se desarrolla desde abajo. Éste refleja el deseo de los trabajadores de ejercer control e imponer límites a su explotación. Cuanto éxito puedan tener en ello, depende de la correlación de fuerzas. Sin embargo, un elevado nivel de control obrero también refleja la correlación de fuerzas en la sociedad misma. El giro hacia la revolución inevitablemente se refleja en los sitios de trabajo. La lucha por el control obrero representa elementos de una nueva sociedad en el marco de la vieja.

Esto claramente está sucediendo en Venezuela. Luego del fallido golpe de Abril 2002, los capitalistas recurrieron a un paro patronal y al sabotaje de la economía, en las mismas líneas que lo hicieron en Chile antes del golpe del General Pinochet. Los empresarios, respaldados por el imperialismo estadounidense, consiguieron el apoyo de los corruptos líderes sindicales de la CTV. La paralización se concentró en la gigantesca industria petrolera, a fin de maximizar el daño a la economía nacional. Sin embargo, los trabajadores salieron a defender a Chávez y derrotaron el paro patronal con sus propios esfuerzos. Tomaron el control de compañías y empezaron a ponerlas a producir ellos mismos. Esto representó una forma muy avanzada de control obrero. “El control obrero, en consecuencia, solamente puede ser logrado en las condiciones de un cambio brusco en la correlación de fuerzas desfavorable a la burguesía, por la fuerza, por parte de un proletariado que va camino de arrancarle el poder, y por tanto también la propiedad de los medios de producción. Así pues, el régimen de control obrero, un régimen provisional y transitorio por su misma esencia, sólo puede corresponder al período de las convulsiones del Estado burgués, de la ofensiva proletaria y el retroceso de la burguesía, es decir, al período de la revolución proletaria en el sentido más completo del término.” (L. Trotsky, Ob. cit.)

La Revolución de Octubre

Antes de la Revolución de Octubre en Rusia, había un extenso movimiento hacia el control obrero. Éste surgió como respuesta al sabotaje de la economía por parte de los capitalistas rusos. Esta situación de control obrero continuó incluso después de la revolución, cuando la economía aún permanecía en manos privadas. El gobierno bolchevique, dado el atraso y el tamaño del proletariado ruso, quería que los trabajadores aprendieran a través de la escuela del control obrero cómo asumir las responsabilidades de la administración. No fue sino hasta el verano de 1918 que las principales industrias fueron nacionalizadas, cuando les fue impuesto por la guerra civil y el sabotaje.

Con los sectores claves de la economía nacionalizados, surgió la cuestión de la administración obrera de la industria. Se crearon comités de fábrica, los cuales manejaban las fábricas. Los gerentes eran elegidos y estaban bajo el control de los trabajadores. Los especialistas también fueron convocados a asistir, pero siempre bajo el chequeo y control de las bases. Esto era el principio de una genuina democracia obrera. En otras palabras, el control obrero se convirtió en el puente hacia la administración democrática de la economía por parte de los trabajadores.

Obviamente, la propiedad de las fábricas plantea como punto central quién va a dirigir la sociedad, ¿los patrones o los trabajadores? El control obrero tiene sus límites. Sólo cuando la propiedad de la industria es tomada de las manos de los capitalistas es que los trabajadores pueden tener genuinamente el control. Sin embargo, una economía nacionalizada y planificada no sólo requiere del control obrero en las fábricas y lugares de trabajo, sino que requiere de un sistema de administración obrera. No se puede tener la vieja idea sindicalista de los mineros dirigiendo las minas, los trabajadores ferroviarios manejando las vías férreas, etc. sin una planificación global de la economía. La integración de las diferentes ramas de la industria en una planificación nacional de la economía es esencial. Esto requiere de la administración obrera a nivel de la planta, del municipio, regional y nacional.

Esto implica la expropiación de los capitalistas y la organización de un Estado de democracia obrera, donde la dirección de la sociedad esté en manos de la clase trabajadora a través de comités elegidos democráticamente. Ello implica involucrar a la población en el diseño de un plan nacional de producción, decidiendo las prioridades y medidas a implementar.

Los peligros de la burocracia deben ser eliminados desde un principio. Todos los representantes deben estar sujetos a elección, así como a ser revocados en cualquier momento por quienes los eligieron. Ningún funcionario podrá ganar un salario mayor al de un obrero calificado. Todas las funciones deberán ser rotativas, a fin de evitar una burocracia permanente. Como decía Lenin, “cuando todo el mundo es un burócrata, nadie es un burócrata”.

La lucha por el control obrero en Venezuela está generando nuevas cuestiones. Chávez ha dicho que no hay forma de avanzar en el marco del capitalismo. Sólo andando la senda socialista pueden resolverse los problemas de las masas en Venezuela, así como en el resto del mundo. Esto implica la expropiación del poder de la oligarquía y ponerlo en las manos de la clase trabajadora y las capas oprimidas. Esto implica echar por tierra el aparato del Estado capitalista y establecer un Estado de democracia obrera. Una revolución de este tipo no puede permanecer confinada a Venezuela, sino que debe extenderse al resto de América Latina. Sólo entonces podrá estar realmente unificado este continente. Sin embargo, esto no será el final de la cuestión. Una revolución socialista continental transformaría el mundo y sentaría las bases para un mundo socialista, donde el hambre, la pobreza y las guerras sean abolidas de una vez por todas.

La lucha por el control obrero y la administración obrera son el prerrequisito necesario para esta perspectiva.

Londres, viernes 23 de Diciembre de 2005