La
escalada insurgente en Afganistán levanta el espectro de otra derrota
humillante para el imperialismo occidental en esta región. Los títeres
imperialistas, Musharraf y Karzai, están implicados en una pelea
diplomática y de injurias que no tiene precedentes, en el horizonte
está el juego de buscar el culpable de esta derrota. Musharraf acusó a
Hamid Karzai de ser como un avestruz en la cumbre de Washington del 27
de septiembre.
Los imperialistas se están enfrentando a la peor crisis
diplomática y militar desde la invasión estadounidense de Iraq en 2001.
Los norteamericanos están intentando sacar a sus fuerzas de Afganistán
y presionan a los demás países de la OTAN para que lleven a cabo ellos
esta lucha feroz. En los últimos ocho meses las fuerzas de la OTAN han
sufrido más bajas que en todos los años precedentes de ocupación
imperialista. A la sombra de las bayonetas imperialistas la situación
social, política y económica se deteriora con rapidez. La fibra social
está hecha pedazos y los criminales señores de la guerra gobiernan en
sus respectivos feudos. El mandato del régimen títere de Karzai se
limita a algunas zonas de Kabul. En las zonas tribales fronterizas
entre Pakistán y Afganistán, el ejército pakistaní ha perdido más de
500 hombres. Los imperialistas están presionando al régimen de
Musharraf para que “haga más” por detener la insurgencia, pero cuanto
más intenta “hacerlo” más son las bajas militares que sufre y mayor la
presión y reacción dentro del ejército contra la política de Musharraf
de seguir los dictados imperialistas.
A pesar de las negativas de Musharraf, las acusaciones
occidentales del apoyo clandestino y logístico del ISI a los talibanes
no son infundadas. En una reciente entrevista con Amy Goodman en
Democracy Now, el veterano periodista Robert Fisk hace el siguiente
análisis sobre este nexo:
“… desde mi punto de vista, pienso que hay una nación musulmana,
que es extremadamente peligrosa para occidente, que está empaquetada
con los seguidores talibanes y de al Qaeda y que tienen una bomba, y
ésta se llama Pakistán. Y esa es la crisis real (…) Y pienso que
Pakistán es la historia. Creo que Pakistán es un lugar muy peligroso.
Creo que Prevés Musharraf está jugando este juego de equilibrio entre
el ejército y el ISI, los servicios de inteligencia, y los seguidores
talibanes y el gran número de grupos extremistas sunnitas en
Baluchistán y otras zonas de los Territorios Noroccidentales (…).
“Pero la realidad es que él sabe que el ISI pakistaní, los
Servicios de Inter Inteligencia, están dando información y dinero a los
talibanes. Ahora los talibanes que están alrededor de la provincia de
Kandahar tienen mucho dinero en efectivo (...).
“Pero, por supuesto, esta cuestión no se va a discutir de manera
franca entre los norteamericanos y Musharraf, porque él es nuestro
amigo en la guerra contra el terrorismo. Eso forma parte del
decorado…”.
Aunque Fisk ha exagerado el apoyo a los talibanes y al Qaeda
dentro de la sociedad pakistaní, la conexión es mucha entre estos
sectores del ejército pakistaní y esos elementos fundamentalistas
islámicos. La insurgencia reaccionaria contra el gobierno de izquierdas
del PDPA en Afganistán, se inició a finales de los años setenta y fue
mantenida durante los años ochenta por el ISI en nombre del
imperialismo norteamericano. La CIA y el ISI organizaron toda una red
de producción de opio, refinado de heroína y tráfico de drogas para
financiar esta insurgencia contrarrevolucionaria.
La financiación de estas insurgencias y otras operaciones mediante
el tráfico de drogas y otras actividades criminales no es algo nuevo en
la política de agresión imperialista. Durante las guerras del opio del
siglo XIX en China, Marx escribió lo siguiente sobre el comercio de
opio del imperialismo británico: “Los cañones de opio británicos sobre
China son el matrimonio de violencia más brutal con el libre comercio”.
Eso incumbe tanto a los políticos como a los estrategas de la
dominación imperialista para superar la amnesia histórica sobre cómo
empezó todo esto.
Tanto la Francia colonial antes de 1954 como los estadounidenses
que les siguieron, pagaron a mercenarios de distintas tribus en las
guerras de Vietnam y Laos mediante los beneficios conseguidos con el
tráfico de drogas. Las drogas se cultivaban, a menudo bajo protección
oficial, y después se llevan a los mercados en avionetas escoltadas por
la CIA estadounidense en los años sesenta y a principios de los
setenta.
El anterior jefe de la inteligencia francesa, Alexander de
Merenches, contaba en sus memorias cómo sugirió al presidente Ronald
Reagan y al jefe de la CIA, William Casey, en 1980 que la coalición
dirigida por EEUU debería plantar droga entre las fuerzas soviéticas de
Afganistán para debilitarlas. De Marenches dijo que a ambos les había
gustado la idea. Esto ocurrió mientras Nancy Reagan encabezaba una
campaña de “di no a las drogas” en EEUU.
Pero el factor dominante de esta campaña de tráfico de drogas era
financiar la “yihad” islámica contra el gobierno comunista “infiel” de
Kabul. Hemos visto ejemplos similares en las operaciones
norteamericanas por toda América Latina, el episodio más destacado fue
el escándalo de la Contra en Nicaragua en 1980. Aquí el dinero del
tráfico de cocaína se utilizó para financiar a las guerrillas de la
Contra por parte de la CIA para que llevaran a cabo la insurgencia
contrarrevolucionaria contra el gobierno sandinista de izquierdas en
Managua.
Durante la guerra de 1979-1989 en Afganistán, la adicción a la
droga se disparó entre los afganos y los pakistaníes que estaban
expuestos al crecimiento de la producción de droga impulsada por la CIA
para pagar las armas y salarios de los muyahidines.
Durante casi estas tres últimas décadas la red de producción de
drogas se ha desarrollado y ahora domina el estado y las
superestructuras políticas de Afganistán y Pakistán. Después de que
occidente abandonara a los afganos a la guerra tribal y étnica, y
finalmente al dominio talibán, esta red mafiosa no se desmanteló y
continuó floreciendo con diferentes regímenes y en distintas formas.
Los masivos beneficios de este comercio de drogas llegaron a
algunas instituciones del estado implicadas en esta estafa. En
realidad, su red se ha consolidado. El opio y la heroína suponen el 80
por ciento de la economía afgana y la mayoría de los conflictos, tanto
políticos como tribales, están motivados por este botín.
Antonio María Costa, que dirige la agencia contra el crimen y los
narcóticos de la ONU, la UNDOC, ha dado un informe detallado de la
situación. El cultivo de opio, su procesamiento y transporte se ha
convertido en la principal fuente de empleo en Afganistán, su principal
fuente de capital y la base fundamental de su economía.
Las fuerzas de la OTAN están sufriendo muchas pérdidas en la lucha
contra la insurgencia en el sur, especialmente en la provincia de
Helmand, la fuente de la parte del león del opio. Según el informe, la
cultura de la droga impulsada por las autoridades afganas está
convirtiendo a Afganistán en un narco-estado.
La producción de opio en 2006 ha crecido un 49 por ciento respecto
a 2005, el 59 por ciento de la región está cultivada de opio. Este año
se prevé una producción de 6.100 toneladas. Afganistán ahora suministra
el 92 por ciento de la heroína mundial.
¿Quién es responsable de todo esto? EEUU y la OTAN. Después de
todo, ellos son los que controlan el narco-estado de Afganistán. La
mayoría de los “parlamentarios” elegidos son señores de la guerra y
basan su poderío militar y político en el comercio de droga, permitido
por las organizaciones burguesas occidentales. La realidad es que los
norteamericanos necesitan el apoyo de estos señores de la guerra.
Pueden comprarles, alquilarles durante ciertos períodos y operaciones.
Para hacer esto, los norteamericanos tienen que cerrar los ojos ante
los negocios de drogas de sus aliados señores de la guerra.
Sin embargo, la insurgencia también se está basando en este
ingreso procedente de la droga. Como ellos están sobre el terreno,
incluso cuando los estadounidenses les han abandonado, sus cárteles y
redes son más organizadas y rentables. Por ejemplo, un soldado del
ejército afgano gana un salario de unos 5 dólares diarios, mientras que
un soldado insurgente gana 12 dólares diarios.
Según los analistas occidentales, los imperialistas están
perdiendo frente a la resistencia en Afganistán. La empresa europea de
análisis Seulis Council acaba de publicar un informe, en él dice que el
movimiento “talibán” está regresando a Afganistán y que ahora controla
la mitad sur del país. Esto es asombroso cuando EEUU y sus aliados de
la OTAN pretenden que ellos están ganando la guerra.
Según Seulis, el sur de Afganistán está sufriendo una crisis
humanitaria de hambre y pobreza, provocada por las “política militar
británica-estadounidense”. Esto contradice de plano los informes
rosados occidentales, los investigadores de Seulis encontraron que “la
política de EEUU en Afganistán ha vuelto a crear el paraíso seguro para
el terrorismo que la invasión de 2001 pretendía destruir”.
EEUU y la OTAN han insistido en que la retirada de sus fuerzas
armadas de Afganistán e Iraq dejaría un vacío que sería ocupado por los
extremistas. Estas pretensiones no tienen sentido, dado que la mitad de
Afganistán y un tercio de Iraq están ya controlados por las fuerzas de
resistencia anti-occidentales. De no ser por los bombardeos
norteamericanos, las fuerzas estadounidenses y de la OTAN ya habrían
tenido que salir rápidamente de Afganistán e Iraq.
Blair, olvida la historia de catástrofes militares de su propio
país en Afganistán, han lanzado a sus soldados al terreno más
espantoso, contra una resistencia militar feroz y creciente.
Los que occidente denomina como “talibanes” realmente es una
coalición creciente de distintos grupos políticos que incluye a
nacionalistas, comunistas, socialistas, tribus pashtun, señores de la
guerra y fracciones talibanes. Esto se ha convertido en un movimiento
de resistencia nacional contra la ocupación extranjera y no, como
intentan decir los medios de comunicación occidentales, un movimiento
talibán fundamentalista oscurantista. Esta es la venganza de un pueblo
que está siendo forzado a aceptar las delicadezas de la llamada
“democracia”, “ilustración” y “valores liberales”, todo a través del
bombardeo despiadado de Afganistán, arrojando al país a la Edad de
Piedra y mediante los cañones de las armas imperialistas.
Hay una antigua oración hindú que dice: “Oh Señor Siva, sálvanos
de la garra del tigre, el comillo de la cobra y la venganza del
afgano”. Las tropas imperialistas no están luchando contra el
“terrorismo” en Afganistán, como los líderes occidentales pretenden.
Están luchando contra el pueblo afgano. Cada civil muerto y cada aldea
bombardeada, cada niño y mujer profanada sembrará nuevos enemigos del
imperialismo.
Afganistán tiene una fuerte tradición de izquierdas. Después de
todo la revolución Saur (primavera) de 1978, a pesar de sus errores y
defectos, fue un salto adelante profundo en la historia afgana. Se
introdujeron reformas muy radicales en la sanidad, educación,
agricultura y otras áreas de la sociedad. Esta revolución no sólo
sacudió los cimientos de la vieja sociedad corrupta sino también
amenazaba los intereses imperialistas en la región. De aquí, la yihad
contrarrevolucionaria.
Los marxistas siempre hemos apoyado sobria y críticamente el
intento de derrocar el latifundismo y el capitalismo y hemos dado una
perspectiva clara para la revolución. Unas semanas después de la
revolución, en el verano de 1978, Ted Grant escribía lo siguiente:
“Este es el camino que el ‘Partido Comunista’, que tiene el poder
junto con los oficiales radicales, debe tomar. La oposición de las
viejas fuerzas en Afganistán, como en Etiopía, probablemente les
impulsará en esta dirección.
“Si temporalizan, posiblemente bajo la influencia del embajador y
el régimen rusos, prepararán el camino para una contrarrevolución feroz
basada en la nobleza y los mulás amenazados. Si triunfa, la
contrarrevolución restauraría el viejo régimen sobre los huesos de
cientos de miles de campesinos, las masacres de los oficiales radicales
y el exterminio de la elite culta. Por ahora, hasta que se de el
movimiento de la única clase avanzada que puede conseguir la transición
en dirección al socialismo en los países industrialmente desarrollados,
el desarrollo más progresista en Afganistán parece en el momento actual
ser la instalación del bonapartismo proletario.
“Mientras no cerremos los ojos a las nuevas contradicciones que
implicará esto, sobre base de una economía en transición de un estado
obrero, sin democracia obrera, los marxistas, de una forma seria,
apoyaremos el surgimiento de este estado y el debilitamiento no sólo
del imperialismo y el capitalismo, sino también de los regímenes que se
basan en los remanentes del feudalismo en los países más atrasados”.
(La revolución colonial y los estados obreros deformados. Julio 1978).
Estas lecciones deben volver a ser aprendidas para desarrollar una
estrategia revolucionaria para las luchas que esperan a las masas
afganas. Hoy la revolución y la contrarrevolución en Afganistán y
Pakistán están intrínsecamente unidas. Las tradiciones revolucionarias
de Afganistán pasarán a la nueva generación de trabajadores y jóvenes.
La revolución de 1978 demostró por lo menos una cosa, que la etapa de
desarrollo capitalista podía ser superada en Afganistán.
Esto hoy es incluso más cierto. Bajo este sistema capitalista
corrompido, el único futuro para Afganistán es la barbarie. Existen ya
fuertes elementos de barbarie en esa sociedad. Sólo se pueden evitar
con una revolución socialista dirigida por una dirección y un partido
marxistas. Esto preparará el camino para una federación socialista del
Sudeste Asiático.
Afganistán es quizá el ejemplo más contundente de una sociedad en
una encrucijada entre la barbarie y el socialismo. La derrota del
imperialismo no necesariamente debe traer la reacción fundamentalista.
Un movimiento revolucionario en Pakistán y otros países de la región
también es muy posible y esto a su vez despertará la ola revolucionaria
en Afganistán.
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