¡México ruge!
"Todos
los socialistas, al explicar el carácter de clase de la civilización
burguesa, la democracia burguesa y el parlamentarismo burgués,
expresaban la idea que habían formulado con la mayor exactitud
científica Marx y Engels al decir que la república burguesa más
democrática no es sino una máquina para la opresión de la clase obrera
por la burguesía, para la opresión de las masas trabajadoras por un
puñado de capitalistas.”
(V.I. Lenin Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado,
I Congreso de la Internacional Comunista, marzo de 1919)
México ruge por sus cuatro costados. Hay que remontarse a las
jornadas heroicas de la revolución mexicana, sobre todo al cerco de los
ejércitos campesinos comandados por Emiliano Zapata y Pancho Villa
sobre el Distrito Federal en diciembre de1914, para encontrar una
crisis social y política de características semejantes. La memoria de
la revolución mexicana, de la guerra campesina que incendio el país
amenazando el poder de las clases poseedoras tanto del campo y de la
ciudad ha vuelto a reencontrase en este formidable movimiento de masas
contra el fraude electoral.
Los acontecimientos que sacuden México marcarán un punto de
inflexión en la historia del país. No se trata de una simple crisis
constitucional o de un desafío a la legitimidad de unos resultados
electorales chuscos y amañados con alevosía y nocturnidad. La crisis
política de México es, a su vez, una viva representación de la crisis
del capitalismo en el conjunto de América latina y, sin duda, en el
propio corazón de la potencia imperialista más poderosa de la historia:
los EEUU.
Visto en perspectiva, el tablero político del conjunto de América
nunca había presentado un aspecto tan vibrante. Después de derrotas
severas del movimiento obrero y campesino y de una contrarrevolución
burguesa que utilizó la maquinaria exterminadora de las dictaduras
militares para asesinar a toda una generación de luchadores; después de
años de privatizaciones masivas y destrucción de cientos de miles de
empleos; después de una vergonzosa capitulación ideológica de las
direcciones reformistas y estalinistas del movimiento obrero ante la
nueva ofensiva del capital; después de que una gran cantidad de
desertores intelectuales de las filas revolucionarias escribieran
nuevamente el epitafio de la revolución y de la lucha de clases...
Todos los aparentes triunfos del capitalismo y del imperialismo se han
transformado en su contrario. Las masas oprimidas del Continente han
dado un puñetazo en la mesa, reafirmando su papel protagonista en la
historia y su aspiración a un nuevo poder socialista.
Este poderoso movimiento del proletariado y del campesinado pobre
ha demostrado que no existe salida posible a los problemas de las masas
en el marco del capitalismo latinoamericano. La falsa idea de poder
alcanzar la soberanía nacional respetando los límites de la economía de
mercado y, por tanto, sancionando el poder de los imperialistas y las
oligarquías nacionales ha quedado desautorizada una vez más. Los
procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina y,
ahora, la crisis revolucionaria en México ponen de manifiesto la
necesidad urgente de levantar una alternativa socialista e
internacionalista para el continente. La revolución proletaria y
socialista es el único camino para resolver la crisis del capitalismo
latinoamericano. No existe término medio, no existe otra salida posible
para las masas desheredadas.
Un capitalismo débil y atrasado
El pueblo mexicano tiene grandes tradiciones revolucionarias
que fueron forjadas en la lucha contra la dominación española y,
especialmente, en la gran revolución de 1910-1920. La conformación del
México contemporáneo fue el fruto de la guerra campesina más importante
de toda la historia de América latina, que determinó a su vez la
conciencia política de generaciones de revolucionarios. Conocer este
inmenso legado es imprescindible para entender el movimiento actual de
las masas mexicanas, el último capítulo escrito, por el momento, de la
revolución latinoamericana.
México se sacudió la opresión colonial del reino español a
través de una prolongada guerra encabezada por la figura de José María
Morelos, representante del ala jacobina de los revolucionarios
anticoloniales. Sin embargo, como ocurriera en otras revoluciones de la
época en el continente latinoamericano, no sería el ala más avanzada de
las fuerzas insurgentes la que se hiciera con el poder. Fueron las
secciones más conservadoras de la burguesía fundidas por intereses
comunes con las viejas clases propietarias de la tierra, especialmente
con la Iglesia católica, las que desplazaron a los elementos radicales.
La clase dominante en el México poscolonial no tenía el menor
interés de acabar con unas relaciones de propiedad de la tierra
semifeudales ni de invertir un modelo de desarrollo capitalista basado
en la dependencia del capital extranjero. Estas mismas fuerzas pronto
optaron por un nuevo vasallaje hacia la potencia capitalista más
cercana y briosa: los EEUU.
México sufrió tempranamente la ofensiva del imperialismo
norteamericano ante la complacencia de la oligarquía mexicana. En 1847
el ejército norteamericano invadió el territorio nacional de México
anexionándose dos millones de kilómetros cuadrados, aproximadamente la
mitad del país. Esta parte amputada a México, que constituyen los
estados de Texas, Nevada, Utah, Colorado, Nuevo México, Arizona y
California, representan una porción esencial del mapa actual de los
EEUU, de su economía y su potencial demográfico. Desde entonces, los
imperialistas norteamericanos no han dejado de considerar a México
parte fundamental de sus intereses estratégicos o, en otras palabras,
su patio trasero más preciado.
En aquel periodo, todos los intentos de los sectores “reformistas”
e ilustrados de la burguesía y la pequeña burguesía mexicana por dar
una base material moderna al desarrollo capitalista y asegurar de esta
forma una independencia real del país, fracasaron desdichadamente.
La acción política de otro jacobino de la época, Benito Juárez,
por acabar con el inmenso poder de la Iglesia católica y su vasta
propiedad territorial a través de la ley de desamortización de 1857,
provocó una amplia sublevación de los grandes poderes económicos del
país. La llamada guerra de la Reforma, que enfrento al clero y los
grandes latifundistas contra el sector ilustrado de la pequeña
burguesía mexicana se prolongó hasta 1867.
Las fuerzas conservadoras se opusieron con tenacidad a cualquier
transformación política que pudiese trastocar el estatus en el que
anclaban sus privilegios. Estos sectores privilegiados de la sociedad
mexicana, los antecedentes históricos de los actuales dirigentes
integristas católicos que lideran el PAN, no tuvieron ningún escrúpulo
en aliarse con las tropas invasoras francesas para combatir a los
liberales mexicanos. Finalmente, la aventura imperialista de Napoleón
III terminó con la derrota humillante de los ejércitos franceses y el
fusilamiento en junio de 1867 de Maximiliano de Habsburgo, el
autoproclamado Emperador de México.
En toda la lucha desatada contra la oligarquía heredera de la
Colonia así como contra el invasor francés, la fracción jacobina de la
pequeña burguesía tuvo que apoyarse constantemente en las masas del
campo. La masa campesina fue utilizada como carne de cañón en la
batalla pero nunca vio resultados tangibles a sus sacrificios. Como
ocurriera también con las medidas de desamortización dictadas por los
gobiernos liberales españoles, las leyes de reforma agraria mexicanas
no modificaron las relaciones de propiedad capitalista surgidas en un
contexto de atraso y dependencia ni supusieron una expropiación general
de los grandes propietarios. Por esa razón nunca obtuvo los frutos
deseados.
Lejos de animar al surgimiento de una nueva capa de pequeños
propietarios sobre los que edificar un régimen político democrático
burgués, las leyes desamortizadoras favorecieron una nueva
concentración latifundista de la tierra.
En un proceso ininterrumpido, las tierras de las comunidades
indias fueron fraccionadas y adjudicadas en pequeñas parcelas a cada
campesino indio. El resultado inmediato no fue otro que una
“expropiación” masiva de las miserables propiedades campesinas que,
explotadas en condiciones absolutamente desfavorables, fueron vendidas
a precios ridículos o arrebatadas mediante la violencia al cabo de unos
años, por los mismos terratenientes a los que teóricamente se pretendía
combatir. De esta forma peculiar triunfaron las relaciones capitalistas
en el campo mexicano y se pudo llevar a cabo una primera fase de
acumulación de capital.
El ejército de peones agrícolas despojados de cualquier propiedad
y derecho proporcionó, con su sangre y su trabajo de sol a sol, los
medios necesarios para el desarrollo económico del país. Pero
dialécticamente también fue esta masa humana la que se convertiría
decenios más tarde en la base combatiente de la revolución mexicana y
en su auténtica protagonista.
Desarrollo desigual y combinado
El sistema capitalista mexicano extremadamente atrasado en su
base económica no podía permitir el florecimiento de una democracia
parlamentaria en la que los derechos básicos de organización, reunión y
manifestación quedaran consagrados. Derechos democráticos semejantes
hubieran sido utilizado por las masas pobres del campo y la ciudad para
desafiar el poder establecido. Así fue como el régimen de Porfirio
Díaz, que se extendió de 1876 hasta el estallido de la revolución en
1910, cristalizó en una brutal dictadura burguesa apoyada en una
violencia sistemática contra el campesinado y la incipiente clase
obrera urbana.
En todo este periodo histórico se procedió a un gigantesco
despojo de las propiedades campesinas por parte de las haciendas: una
auténtica guerra de clase en las que los terratenientes se apoyaban
impunemente en el aparato del Estado para llevar a cabo sus fines .
Desde sus orígenes, este capitalismo agrario no tenía nada en
común con las modernas explotaciones capitalistas agrícolas en las que
los métodos de cultivo, basados en maquinaría de vanguardia, aumentaban
exponencialmente la productividad del trabajo. Muy al contrario, el
sistema de explotación capitalista del campo mexicano siempre echo mano
de formas de producción precapitalsitas y por tanto extraordinariamente
atrasadas, combinándola con una vasta mano de obra barata atada de por
vida a las haciendas a través de la tienda de raya (que suministraba
productos de consumo a los peones a cuenta de sus jornales, y cuyas
deudas eran trasmitida de padres a hijos). Durante mucho tiempo este
sistema garantizaba las ingentes ganancias y privilegios de los
terratenientes y la burocracia estatal.
Paralelamente, el desarrollo del mercado interno y la necesidad de
la unificación política del país asegurando el poder del gobierno
central, exigía una red de transporte mucho más eficaz. Ese fue el
papel desempeñado por el ferrocarril que a su vez impulsó el avance de
otras industrias extractivas y manufactureras mexicanas. Si en 1875 se
habían construido 578 kilómetros de vías férreas, al final de 1910 se
superaron los 20.000 kilómetros. El gran desembolso en capital que
exigía el ferrocarril no podía ser cubierto por la débil burguesía
mexicana: esto fue la obra del capital inglés y norteamericano, que a
su vez exigió y obtuvo grandes concesiones del Estado.
Esta forma de desarrollo desigual y combinado del capitalismo
mexicano ha marcado toda su historia posterior. La clase dominante
mexicana ha sido incapaz de llevar a cabo sus tareas históricas, desde
la conquista de una independencia genuina de cualquier poder exterior
hasta el desarrollo de una agricultura y una industria moderna y
eficaz. En 1910 como en la actualidad, las principales inversiones de
capital estaban en manos extranjeras y fundamentalmente en las
noteamericanas.
En este contexto, el proletariado urbano creció paralelamente al
avance de la industrialización, impulsando a su vez la organización
obrera independiente, a través del Gran Círculo de Obreros (fundado en
1872) y posteriormente también con el Congreso Obrero. La agitación
obrera quedó registrada en el porfiriato con más de 250 huelgas que
fueron duramente reprimida por el régimen. Pero a pesar de esta nueva
realidad, en 1910 el principal problema de la sociedad mexicana seguía
siendo el de la tierra.
Según las cifras del censo de 1910, México contaba con 15.160
habitantes sobre un territorio cercano a dos millones de kilómetros
cuadrados. De su población, más de tres millones eran campesinos,
jornaleros agrícolas o peones; estableciendo un baremo aproximado de
cuatro miembros por familia campesina se puede concluir un censo en
torno a doce millones. Por otro lado, una minoría de hacendados (834
consignados en el censo) y “agricultores” (411.000) se repartían 168
millones de hectáreas, lo que en la práctica significaba el poder
absoluto sobre la tierra.
De este substrato social y económico extremadamente injusto
surgieron las fuerzas de la guerra campesina más imponente de la
historia latinoamericana del siglo XX. Una auténtica gesta
revolucionaria protagonizada por la División del Norte dirigida por
Francisco Villa, que asestaría derrotas humillantes a los ejércitos
constitucionalistas, y las tropas campesinas del ejercito Libertador
del Sur lideradas por Emiliano Zapata, que establecieron en el Estado
de Morelos una auténtica comuna campesina.
La guerra agraria, que se prolongó durante una década, mostró
todo el potencial revolucionario del campesinado pobre al mismo tiempo
que sus debilidades: su incapacidad de desarrollar un programa político
independiente capaz de derrotar la acción combinada de la burguesía y
del imperialismo. Para lograrlo hubiera requerido del concurso del
proletariado y de un partido revolucionario independiente armado de un
programa socialista. Ambos requisitos no estuvieron presentes en
aquellos gigantescos acontecimientos.
¡Tierra y Libertad!
En el prologo a la obra monumental que escribió sobre la
Revolución Rusa, Trotsky desarrolló una idea sumamente profunda: “La
dinámica de los acontecimientos revolucionarios está directamente
determinada por los rápidos, tensos y violentos cambios que sufre la
psicología de las clases formadas antes de la revolución (...) solo
estudiando los procesos políticos se alcanza a comprender el papel de
los partidos y los dirigentes, que en modo alguno queremos negar. Son
un elemento, si no independiente, si muy importante de este proceso.
Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía,
como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como
fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino
el vapor. ”
La revolución mexicana, como la revolución francesa, la rusa de
1917 o la revolución española en 1936-1939, fue el producto de un
gigantesco movimiento de las masas oprimidas. En el caso de México, el
campesinado jugo el papel preponderante por el propio desarrolló
socio-económico del país, basado en una estructura productiva primaria.
Las masas campesinas de México iniciaron una prolongada y feroz lucha
de resistencia contra el despojo de sus tierras por la clase dominante,
y esta lucha se organizó sobre la base de sus propias comunidades
agrarias tradicionales.
No obstante es preciso recordar que la primera gran asonada de la
futura rebelión fue anunciada por el proletariado, específicamente en
junio de 1906 cuando los mineros del norte de Sonora rompieron la paz
social del porfiriato protagonizando una gran huelga. A esta siguió el
conflicto de los trabajadores textiles de Río Blanco en el estado de
Veracruz que acabó en una sangrienta matanza de centenares de obreros
por parte de las fuerzas militares del régimen.
En ambos casos la dirección de la lucha estaba vinculada al
Partido liberal de Ricardo Flores Magón que, de una posición
nacionalista pequeñoburguesa, evolucionó hacia postulados radicales y
anarquistas. La influencia del anarquismo y el anarcosindicalismo dejó
una profunda huella en el movimiento obrero mexicano que se prolongó
hasta la década de los treinta del siglo pasado. De ese patrimonio
ideológico se mantiene hasta hoy la bandera rojinegra, el emblema de
las huelgas obreras y estudiantiles en todo el país.
Como en toda crisis revolucionaria, las contradicciones se dejaron
sentir en primer lugar en las filas de la propia clase dominante.
Frente a la postura intransigente de Porfirio Díaz surgieron otras
favorables a realizar concesiones que evitaran el estallido
revolucionario. Entre ellas destacaba la del joven terrateniente
Francisco Madero, que se convirtió en el líder de la oposición burguesa
que reclamaba el fin de la dictadura y el establecimiento de un régimen
constitucional.
En un contexto de extrema polarización, ambas tendencias de la
burguesía intentaban defender al sistema del incendio revolucionario
que se avecinaba. Pero tanto los que se oponían a las reformas
políticas, como lo partidarios de estas, no pudieron impedir lo que
irremediablemente ocurriría: el colapso del régimen y un nuevo
escenario en el que todo el poder de la vieja clase dominante quedó
suspendido en el aire.
Para ventaja de la clase dominante mexicana, a diferencia de
Rusia en 1917, no existía en México ninguna organización revolucionaria
con influencia entre las masas que pudiese ofrecer un programa
socialista consecuente. Ni entre el proletariado urbano, ni entre las
masas de campesinos desheredados, existía una organización semejante a
la bolchevique, con cuadros experimentados y una tradición política
forjada en combates anteriores.
De una manera absolutamente distorsionada las aspiraciones de las
masas pobres del campo encontraron un canal de expresión en las
tendencias opositoras al régimen, aunque estas fueran declaradamente
burguesas. La cuestión central del asunto, no obstante, no estribaba en
la voluntad política de los opositores burgueses cuyo programa moderado
no podía ofrecer ninguna solución fundamental a los problemas
acuciantes de millones de campesinos. El factor decisivo fue la
voluntad de las masas, pues en el momento en que estas se pusieron en
marcha desbordaron a los dirigentes de la oposición y trazaron sus
propios objetivos emancipadores a través de métodos de lucha
revolucionarios, amenazando las propias bases del régimen capitalista.
Más de noventa años después, circunstancias similares se están
reproduciendo en México, entre los deseos y las aspiraciones de
millones de trabajadores, campesinos y jóvenes de todos los rincones
del país y los objetivos estrechos de la dirigencia del PRD, que en
ningún caso pretende sobrepasar el marco del capitalismo mexicano. La
resolución de esta profunda contradicción no dependerá tan sólo de las
intenciones de Andrés Manuel López Obrador, por mucha autoridad que
haya ganado en las últimas batallas contra la oligarquía, sino de la
conciencia y la voluntad de las masas movilizadas y de la capacidad de
los marxistas para construir una dirección revolucionaria a la altura
de la responsabilidad histórica.
Hace casi un siglo, en junio de 1910, Francisco Madero desafió el
fraude electoral cocinado por Porfirio Díaz. Su programa fundamental,
el llamado Plan de San Luis, fue declarar nulas las elecciones y
autoproclamarse Presidente provisional del país. Junto a esta proclama
institucional, que obviamente constituía el eje de las aspiraciones
maderistas, el programa recogía tan solo una demanda social: restituir
a sus antiguos propietarios campesinos, en su mayoría indios, las
tierras de las que habían sido despojados por los tribunales y las
autoridades aplicando abusivamente la ley de terrenos baldíos. En
ningún caso se hablaba de expropiación de los terratenientes, la clase
a la que pertenecía el propio Madero.
Esta modesta demanda, que algunos sectarios autoproclamados
marxistas habrían despreciado con desdén, fue suficiente para
apoderarse de la imaginación de millones, convocar a la nación oprimida
y desatar una guerra campesina devastadora. En noviembre del mismo año,
cientos de miles de campesinos se alzaron en armas para no abandonarlas
hasta 1920.
A partir de esa fecha los ejércitos guerrilleros del norte
mandados por Villa y Orozco realizaron una campaña victoriosa hasta
tomar Ciudad Juárez el 10 de mayo de 1911. Al mismo tiempo en el sur,
los campesinos liderados por Emiliano Zapata ocupaban el 1 de mayo
Cuernavaca, la capital del estado de Morelos.
La acción exitosa de los ejércitos campesinos fue suficiente para
provocar el pavor entre las filas Maderistas. Una cosa era exigir a
Porfirio poner fin a su régimen de dictadura y otra muy diferente que
los campesinos armados impusieran, de verdad, la reforma agraria.
En aquel momento el miedo a un movimiento independiente del
campesinado que arrasara con todo forzó el armisticio entre las fuerzas
insurgentes y el gobierno. Mediante los acuerdos de Ciudad Juárez,
firmados por los representantes de Madero y de Porfirio Díaz, se
aseguraba una salida institucional a la crisis armada a través de la
renuncia del último a la presidencia de la República. De esta manera
Madero era encumbrado a la máxima instancia política del país
pretendiendo dar carpetazo a un asunto que se le escapaba de las manos.
En todo este esquema político, sin embargo, había un pequeño
asunto no previsto: la demanda fundamental por el que las masas
campesinas del país se habían movilizado y luchado heroicamente quedaba
sin satisfacer. Y el campesinado no respetó las ordenes de los
militares constitucionalistas. Grupos de indios y peones armados
tomaron las tierras de las haciendas y las pusieron a producir en un
movimiento de ocupación de latifundios que se extendió por toda la
República.
La revolución mexicana puesta en marcha desde abajo a través de
la iniciativa de millones de explotados pondría a jaque a la burguesía
y el imperialismo durante nueve largos años, escribiendo una de las
páginas más heroicas de la historia.
Las masas y los líderes
Toda revolución constituye un momento decisivo y excepcional de
la historia en el que se pone de manifiesto el papel trascendental de
ciertos individuos. Analizando este hecho Plejánov dejó escrito lo
siguiente: “Gracias a las peculiaridades de su carácter, los individuos
pueden influir en los destinos de la sociedad. A veces, su influencia
llega a ser muy considerable, pero tanto la posibilidad misma de esta
influencia como sus proporciones son determinadas por la organización
de la sociedad, por la correlación de fuerzas que en ellas actúan. El
carácter del individuo constituye un papel sólo allí, sólo entonces y
sólo en el grado en que lo permiten las relaciones sociales (...) Los
talentos aparecen, siempre y en todas partes, allí dónde existen
condiciones favorables para su desarrollo. Esto significa que todo
talento convertido en fuerza social es fruto de las relaciones
sociales. Pero si esto es así, se comprende por qué los hombres de
talento, como hemos dicho, sólo pueden hacer variar el aspecto
individual y no la orientación general de los acontecimientos; ellos
mismos existen gracias únicamente a esta orientación; si no fuera por
eso nunca habrían podido cruzar el umbral que separa lo potencial de lo
real”
La revolución mexicana tuvo nombres propios, pero el que brilló
con mayor intensidad encarnando los anhelos más profundos de millones
de hombres y mujeres fue el de Emiliano Zapata. No es este el lugar
para hablar extensamente de Zapata. Muchos lo han hecho brillantemente
dejando claro que su nombre esta unido a la lucha de clases más
intransigente de la historia de México. Por eso cuando entre la
izquierda reformista la figura de Zapata se utiliza de forma
intencionada para justificar una política que el siempre combatió, se
hace necesario volver a subrayar que Zapata encarnó el programa más
radical y avanzado de toda la revolución, el que hizo que esta llegara
más lejos en la ruptura con las relaciones de propiedad imperantes en
el momento y, sobre todo, el que supo ver que las conquistas
revolucionarias solo podían ser defendidas por el poder armado de los
oprimidos y el auxilio de sus hermanos del mundo.
Cuando Madero trató de dar por finalizada la revolución, Zapata no
se contentó con llamamientos a la desobediencia civil, organizó a los
campesinos pobres y les proporcionó una perspectiva revolucionaria:
continuar la lucha hasta el final desafiando el poder de la oligarquía
“constitucionalista”. Y esto lo hizo a través de la toma de tierras y
la expropiación de los terratenientes creando un poder político y
militar alternativo basado en la representación directa de la
población. El Ejército Libertador del Sur siempre se sustentó en la
participación y en la iniciativa del campesinado y el proletariado
agrícola de la región, especialmente del Estado de Morelos donde
estableció una auténtica comuna campesina.
El texto fundamental de la estrategia zapatista fue el llamado
plan de Ayala con en el que se intentó proclamar la independencia del
movimiento campesino respecto a la dirección burguesa de la revolución.
En él se afirma la expropiación completa de la de las tierras de los
grandes propietarios, la devolución de todas las tierras comunales
arrebatadas en los decenios anteriores y la nacionalización de todos
los bienes de los enemigos de la revolución.
Este programa se transformó en el ariete político con el que
Zapata y sus seguidores desafiaron todo el orden burgués y los
sucesivos gobiernos que lo representaron: Madero, Huerta y Carranza.
Aunque no era conscientemente socialista, la aplicación del programa
zapatista significaba, en la práctica, la destrucción de las bases
económicas y políticas del régimen capitalista mexicano. Pero la
realización del programa revolucionario agrario, ya fuera en el México
insurgente de 1910, en la Rusia de 1917 o en la revolución española de
1936-1939, exigía del concurso de un poder centralizado y estatal,
basado en las masas, y esto solo podía surgir de la participación
consciente del proletariado en la revolución: el poder obrero con un
programa socialista que hiciera extensible la expropiación de la
propiedad latifundista al conjunto de la economía capitalista, la banca
y el comercio bajo el control democrático de los obreros y los
campesinos.
A pesar de todas sus limitaciones políticas, la lucha guerrillera
de los ejércitos campesinos contra las tropas gubernamentales alcanzó
trazos épicos. Todo el pueblo campesino formaba parte del ejército
suministrando la base combatiente, de intendencia e información
necesaria.
Junto a Emiliano Zapata, el otro gran jefe militar de la
revolución fue Pancho Villa al frente de su División del Norte. En los
campos de batalla, los ejércitos villistas se convirtieron en una
auténtica pesadilla para la burguesía mexicana. Sin el programa
político de Zapata, Pancho Villa demostró que basándose en la fuerza
incontenible de la revolución y las aspiraciones de las masas, un
ejército de campesinos puede convertirse en una formidable maquina de
guerra victoriosa frente a los ejércitos burgueses.
En su avance irresistible, la revolución campesina no tardo en
llegar al corazón del Estado Mexicano. El 4 de diciembre de 1914, las
tropas campesinas de Norte y del Sur, encabezadas por Villa y Zapata
respectivamente, se encontraron en las afueras de la ciudad de México,
en la localidad sureña de Xochimilco. De las actas taquigráficas que
han quedado registradas del encuentro que mantuvieron los dos grandes
dirigentes de la revolución, se desprende los propios límites del
programa campesino: ni Zapata ni Villa querían tomar el poder político
al que veían “como un rancho muy grande”, en palabras del propio Villa.
En su magnífico texto sobre estos acontecimientos, Adolfo Gilly
señala acertadamente: “Lo que demuestra el empuje poderoso de la
revolución es que los campesinos llegaron a intentar independizarse
políticamente del gobierno de la burguesía, instaurando ellos un
gobierno en la capital del país bajo su ocupación, y no simplemente
manteniendo la guerra en los campos. Pero el poder campesino mediado
por los pequeño burgueses, los “gabinetes” como diría Pancho Villa, al
no llegar a ser un poder proletario, irremediablemente era un poder
burgués suspendido en el aire, en contradicción con el gobierno burgués
real de Carranza, pero en el fondo mucho más en contradicción con la
misma base campesina insurrecta que lo sostenía frente a Carranza...”.
Después de duros combates que se prolongaron por seis años, la
burguesía mexicana liderada por aquellos representantes políticos y
militares que mejor pudieron dominar la guerra campesina y que no
dudaron en apoyarse en sectores del proletariado urbano para
derrotarla, acabaron con el ala izquierda de la revolución. Emiliano
Zapata fue asesinado el 10 de abril de 1920 cuando el reflujo entre las
masas revolucionarias era un hecho.
El enorme potencial transformador de la guerra campesina y la
honestidad revolucionaria de Emiliano Zapata han quedado grabadas en la
conciencia de generaciones de luchadores. Lo que no es tan conocido de
la crónica revolucionaria fueron los intentos del propio Zapata para
inspirarse políticamente de los grandes acontecimientos de la lucha de
clases internacional. Esta actitud le llevó a intentar comprender la
importancia del internacionalismo y lo que representó la revolución
rusa de 1917.
En una carta de Zapata fechada el 14 de febrero de 1918 en
Tlaltizapan, cuartel general del Ejército Libertador en el Estado de
Morelos, dirigida a Jenaro Amescua y que este publicó en mayo de 1918
en el diario El Mundo de La Habana, el dirigente campesino escribió:
“Mucho ganaríamos, mucho ganaría la humanidad y la justicia, si todos
los pueblos de América y toda las naciones de la vieja Europa
comprendieran que la causa del México revolucionario y la causa de
Rusia son y representan la cusa de la humanidad, el interés supremo de
todos los pueblos oprimidos (...) Aquí como allá, hay grandes señores,
inhumanos codiciosos y crueles que de padres a hijos han vendido
explotando hasta la tortura a grandes masas de campesinos. Y como allá
los hombres esclavizados, los hombres de conciencia dormida, empiezan a
despertar, a sacudirse , a agitarse, a castigar (...) No es de extrañar
por lo mismo, que el proletariado mundial aplauda y admire la
Revolución rusa, del mismo modo que otorgara toda su adhesión, su
simpatía y su apoyo a esta revolución mexicana, al darse cabal cuenta
de sus fines”.
De esta gigantesca revolución surgió el régimen burgués
contemporáneo que se prolongó durante décadas en México. Un régimen
burgués débil, basado en una estructura económica precaria, y
dependiente en extremo de los intereses estratégicos y económicos del
imperialismo estadounidense.
En un magnífico texto sobre la Revolución, Octavio Fernández
dirigente de la Oposición de Izquierdas en México señaló la clave de
este proceso histórico: “La burguesía indígena nacida al calor de la
revolución, impotente de nacimiento y orgánicamente ligada por un
cordón umbilical a la propiedad agraria y al campo imperialista, ha
sido incapaz de resolver las tareas históricas de la revolución”. Y
esta situación se mantiene noventa años después.
Es cierto que la revolución mexicana no transformó las relaciones
de propiedad capitalista pero como toda revolución genuina de masas
implicó un cambio político de calado. Los auténticos protagonistas de
la revolución, los campesinos y jornaleros del campo, fueron
expropiados políticamente, pero su peso histórico se dejó sentir en las
peculiaridades del régimen burgués que se consolidó después de 1920.
El régimen de Obregón, que se afianzó eliminando los aspectos más
odiados del carrancismo gracias al pacto político con los dirigentes
del movimiento obrero agrupados en la Central Regional Obrera mexicana
(CROM) y los lideres zapatistas, era la expresión más acabada de las
concesiones que la burguesía mexicana tuvo que realizar para mantenerse
en el poder.
“De este modo”, señala Gilly “el régimen burgués se apoyó en
obreros y campesinos, a través de las burocracias sindicales, para
estabilizarse y desarrollarse, y lo hizo en nombre de la revolución.
Pero quedó prisionero de ese apoyo social y de la revolución misma: su
extrema debilidad de origen le impidió desarrollar una base de clase
propia e independiente, cosa que solo habría podido lograr en alianza
con los representantes del viejo régimen (...) Por lo mismo, el
parlamentarismo y el juego de partidos burgueses parlamentarios, propio
de la democracia capitalista, murió para siempre en México y el
parlamento, aunque subsistió de nombre, no desempeñó nunca función
alguna en la política nacional. La extrema concentración del poder
presidencialista no expresa la fuerza del sistema, sino la debilidad
social del régimen capitalista frente a las masas, que no puede
soportar las luchas legales y parlamentarias entre los sectores y
partidos burgueses, sino que debe poner su destino completamente en
manos de un arbitro supremo, el Presidente. Es la esencia misma del
bonapartismo.”
Bonapartismo “sui generis”
El régimen bonapartista mexicano se mantuvo, con diferentes variantes a derecha e izquierda, durante ocho décadas.
Después del asesinato del Presidente Obregón, decidido por los
sectores más a la derecha de la burguesía, fue Plutarco Elías Calles,
que en el pasado se había cubierto de fraseología “socialista” para
mantener su apoyo entre las masas, quien dirigió el proceso de
consolidación del Estado bonapartista burgués alejándolo
definitivamente de las influencias de la revolución campesina.
En 1929 Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR),
consiguiendo integrar todas las tendencias y camarillas burguesas en
que se apoyaba el régimen, a la vez que lograba poner bajo su control a
las organizaciones de masas, obreras y campesinas. Con esta maniobra,
resultante de una correlación de fuerzas de la que no podía sustraerse,
obtuvo algo que estratégicamente ha garantizado la continuidad del
capitalismo mexicano: asegurarse una base de masas a través del
charrismo sindical y político y, por otra parte, impedir el
funcionamiento independiente de las organizaciones de clase respecto
del Estado burgués.
El PNR fue el antecedente del Partido Revolucionario Institucional
(PRI) y, como partido bonapartista por excelencia, tenía que apoyarse
en diferentes clases para asegurar la estabilidad del orden burgués.
Así, en 1931 el gobierno de Calles elaboró la primera ley Federal del
Trabajo que, otorgando algunas conquistas de relieve a los
trabajadores, garantizó al Estado la capacidad para interferir en la
organización de los sindicatos, reconociendo o desconociendo a las
direcciones sindicales y condicionando el derecho de huelga al poder
declararlas inexistentes.
Paralelamente, a principios de la década de los treinta, se
desarrolló dentro del propio PNR una tendencia que, presionada por la
insatisfacción creciente de las masas campesinas con la labor del
gobierno opuesto a llevar a cabo ningún reparto de tierra, y afectada
por la crisis general del capitalismo y los “avances” de la URSS,
empezó a desarrollar un lenguaje socializante a favor de reformas que
profundizasen la revolución.
Detrás de esta tendencia estaban las aspiraciones de las masas
revolucionarias del campesinado, a las que se añadió el gran
protagonista de la época contemporánea: el proletariado industrial, que
protagonizó durante aquellos años un fuerte movimiento huelguístico con
un gran contenido anticapitalista y antiimperialista.
De esta situación de extrema polarización social, marcada
internacionalmente por la revolución derrotada en Europa y el ascenso
del fascismo, surgió el Cardenismo, forma peculiar del bonapartismo
burgués, que utilizando una retórica nacionalista revolucionaria llevó
a cabo medidas como la nacionalización de los ferrocarriles y de la
industria petrolífera, en manos británicas y norteamericanas, la
extensión de la educación pública “socialista”, un nuevo reparto
agrario y una política internacional apoyada en manifestaciones
públicas de fe antiimperialista.
Lo más significativo de estas acciones fue que para llevarlas a
cabo, Lázaro Cárdenas se tuvo que apoyar en el empuje de las masas y,
más exactamente, del proletariado y sus organizaciones sindicales.
Fueron las huelgas de los trabajadores electricistas, de
ferrocarrileros, de los jornaleros agrícolas, de los petroleros los que
dieron fuerza a las medidas del gobierno de Cárdenas.
En ese contexto nació la Confederación Nacional de Trabajadores
de México (CTM) en marzo de 1938, dejando constancia en su programa
fundacional de una orientación socialista: “El proletariado mexicano
reconoce el carácter internacional del movimiento obrero y campesino y
la lucha por el socialismo (...) El proletariado de México luchará
fundamentalmente por la total abolición del régimen capitalista”.
Aunque pudiese aparentar lo contrario, la nueva central sindical
dirigida por Vicente Lombardo Toledano no puso nunca en entredicho la
subordinación del movimiento sindical frente al poder del Estado, a
pesar de toda su retórica socialista incluso marxista.
Siguiendo un curso paralelo, el Partido Comunista Mexicano que
agrupaba a una parte de la vanguardia obrera y campesina, minoritaria
pero importante por su influencia, nunca fue capaz de disputar la
dirección del movimiento a estos sectores de la inteligencia pequeño
burguesa nacionalista. El PCM se vio condicionado en todo momento por
la deriva estalinista de su política: primero adoptando una posición
sectaria frente a Cárdenas, imposición obligada por la orientación
ultraizquierdista del tercer periodo estalinista; más tarde realizando
un seguidismo sin principios de Cárdenas y Vicente Lombardo Toledano a
los que la dirección del partido encumbró como máximos campeones del
frente populismo. De esta manera, desde el lado del partido obrero que
debía organizar al proletariado y al campesinado mexicano bajo la
bandera del marxismo revolucionario también se contribuyo eficazmente a
atarlo al carro de la colaboración de clases y la subordinación
gubernamental.
En cualquier caso, el cardenismo reflejaba la búsqueda de las
masas oprimidas de una nueva oportunidad para completar la revolución
iniciada en 1910. Esta vez para terminarla de una forma definitiva, a
través de la revolución socialista. El hecho de que Cárdenas se
manifestara a favor de la educación socialista, de que se enfrentara
decididamente al imperialismo anglo-americano con la expropiación de la
industria petrolera, que rompiese con la política de “no intervención”
contra la zona republicana durante la revolución española o que
concediese asilo político a León Trotsky, es buena prueba de las
presiones extraordinarias que reflejó este sector de la inteligencia
pequeño burguesa que trataba de emancipar a su manera a los oprimidos
del país.
Todas estas medidas audaces, no obstante, tenían sus límites.
Cárdenas nunca pretendió romper radicalmente con las relaciones de
propiedad capitalista, ni establecer la nacionalización completa de la
economía. Mucho menos dar el poder a los trabajadores, aunque necesitó
del auxilio del movimiento sindical, bajo su control, para consolidar
sus reformas.
Estas eran las formas externas de un tipo de “bonapartismo sui
generis” como lo definió Trotsky en un magnífico artículo escrito en
1939: “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero
juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía
nacional en relación al proletariado nacional. El gobierno oscila entre
el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil
burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado.
Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui géneris, de
índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases.
En realidad puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del
capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una
dictadura policial, o bien maniobrando con el proletariado, llegando
incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de
disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas
extranjeros.”
En 1938 Cárdenas sustituyó el PNR por el Partido de la Revolución
Mexicana. Y lo constituyó fortaleciendo aún más que su predecesor los
vínculos con el movimiento obrero y campesino, a través del apoyo de la
Confederación Nacional Campesina y la CTM. Como ya ocurriera con la
CTM, en el programa inicial del PRM se utilizaba sin rubor la retórica
del socialismo: “uno de sus objetivos fundamentales es la preparación
del pueblo para la implantación de una democracia de los trabajadores y
para llegar al régimen socialista.”
El periodo cardenista representó la fase más álgida de la lucha
de clases desde el avance zapatista sobre ciudad de México en diciembre
de 1914. Si hubiera existido un partido marxista de masas en aquel
periodo, si el PCM hubiera sido un auténtico partido leninista y no un
organismo al servicio de la colaboración de clases y los intereses
diplomáticos de la burocracia estalinista de Moscú, las inmejorables
condiciones para organizar la lucha por el poder obrero hubieran
fructificado en la transformación socialista de México. Pero en
aquellas circunstancias, la voluntad de millones de oprimidos
dispuestos a tomar el cielo por asalto no encontró su correspondencia
en una dirección a la altura que la historia exigía.
Crisis social y económica
Durante el pasado mes de julio las masas oprimidas de México
han escrito un nuevo capitulo de la revolución. Si atendemos a los
análisis de la prensa burguesa fue el aparentemente inocuo terreno
electoral el que ha desatado el conflicto. Decimos aparentemente,
porque solo los superficiales comentaristas burgueses pueden considerar
la disputa electoral la causa de esta escalada de la lucha de clases.
En realidad el gigantesco conflicto social que ha movilizado a
millones de trabajadores, campesinos y jóvenes de todo México se ha
larvado durante décadas de oprobio, represión policial, explotación
económica, marginalidad, emigración forzosa y colapso de la sociedad
capitalista. Hoy las masas mexicanas se han levantado y como sus
hermanos de clase en Venezuela o Bolivia, no van a abandonar fácilmente
la escena política.
Toda la historia reciente de México es a la vez la crónica del
fracaso de la economía de libre mercado y del régimen político que la
sustenta. A pesar de todas sus riquezas petrolíferas y de todo su
potencial agrícola, México es un país pobre y entregado al imperialismo
norteamericano. Y la responsable de esta situación no es otra que la
oligarquía mexicana y sus instrumentos políticos: el Partido de Acción
Nacional (PAN) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI).
México sufrió duramente la ofensiva del capital norteamericano a
través del Tratado de Libre Comercio (TLC) que supuso la apertura sin
restricciones del mercado nacional a los bienes de capital y de consumo
de EEUU, y la ruina económica para el campo mexicano y la industria
nacional. México se ha hecho aún más dependiente del imperialismo
norteamericano, hasta transformarse en un país maquilador de las
mercancías semielaboradas que se producen en otros, fundamentalmente en
los propios EEUU, y cuyas exportaciones en un 80% se venden en el
mercado norteamericano.
Toda esta catástrofe se planificó durante los últimos sexenios
presidenciales del PRI y se profundizó bajo la presidencia panista de
Fox.
No obstante aspectos esenciales de esta estrategia y que eran
claves para el imperialismo norteamericano no han podido ser llevados a
término. En concreto la privatización de la industria petrolera y de la
electricidad, así como reformas fundamentales del mercado laboral a
través de la modificación de la Ley Federal del Trabajo han sido
paralizadas por la acción decidida de las masas mexicanas, no solo de
los trabajadores implicados sino del conjunto de la población. Estas
conquistas del movimiento obrero que perduran en la conciencia de
generaciones se han transformado en el mayor escollo político para los
planes de la oligarquía. Es, sin duda, una diferencia cualitativa con
la dinámica que se pudo imponer en el conjunto de Latinoamérica durante
la década de los noventa.
A pesar de todo, las contrarreformas de la última década han
tenido consecuencias desastrosas. Por ejemplo, en 1994 cuando se aprobó
el TLC la cantidad total de trabajadores empleados en la industria
manufacturera era de1.394.487. Una década después, en junio de 2004, la
cifra era de 1.256.544, es decir, casi 150.000 trabajadores menos.
Mientras en 1994 se utilizaba el 74% de la capacidad industrial
instalada, diez años después la cifra era del 63%.
Entre el 2001 y el primer trimestre de 2005 la población
económicamente activa (PEA) creció en cinco millones doscientas mil
personas. Sin embargo en el mismo periodo tan sólo se generaron 327.640
empleos según cifras de los sindicatos. No es difícil de entender que
esta situación insostenible empuje a millones de mexicanos a la
emigración forzada: un promedio de un millón de mexicanos huye todos
los años de México en dirección a los EEUU buscando una vida mejor para
sus familias. En esto momentos las entradas de divisas generadas por
los inmigrantes suponen el mayor componente del PIB, seguidos por los
ingresos del petróleo y el turismo.
Según estudios del propio Gobierno mexicano el 60% de la población
vive en situación de pobreza, y un 40% por debajo del umbral. Pobreza
para el gobierno mexicano significa disponer de tres dólares diarios
per cápita para poder sobrevivir en un país dónde el precio de la
canasta básica es muy similar al del estado español.
Todos estos factores están detrás de la rebelión que hoy sacude
México. Ha sido la acumulación de una gigantesca frustración,
profundizada tras seis años de Gobierno foxista que no han hecho sino
agrandar la brecha abierta entre los grandes capitalistas y la masa de
trabajadores y pobres de México, la causa de la profunda transformación
de la conciencia colectiva de los oprimidos mexicanos.
El proceso molecular de toma de conciencia
Esta transformación colosal en la conciencia de millones de
explotados se ha reflejado en toda una serie de hechos a lo largo de la
última década. Sin duda, el levantamiento del EZLN en enero de 1995 en
las olvidadas tierras de Chiapas fue un aldabonazo.
La guerra campesina trajo a escena la situación de extrema
humillación de las masas indígenas del campo, oprimidas por el
terrateniente, el banquero y el comerciante mexicano y su compinche
imperialista. La lucha del EZLN despertó un apoyo y solidaridad en el
conjunto de la clase obrera mexicana de tal calado, que condicionó las
decisiones de la clase dominante. La primera intención de responder con
un genocidio, como hubiera sido lo normal en otro momento de la
historia de México, tuvo que ser abandonado en beneficio de una
política que combinó la represión, en algunos casos muy dura, con una
mascarada de negociación. Pero al cabo de una década los mismos
problemas de las masas chiapanecas siguen sin solución.
La comandancia del EZLN tuvo una oportunidad histórica de liderar
el nuevo proceso de la revolución mexicana. Pero renunció a ello. Desde
las primeras declaraciones de Marcos, al que nadie discute su valentía
y arrojo, se vislumbraban los límites de su programa político. Marcos y
el EZLN no aspiraban al poder, tal como afirmaban en toda entrevista
concedida o en cualquier declaración que salía de sus cuarteles en la
Sierra Lacandona. Pero si no es con el poder político y por tanto con
el económico ¿Cómo se pueden resolver los problemas del campesinado y
los trabajadores de Chiapas y de todo México?
El programa pequeño burgués de Marcos deslumbró a muchos
intelectuales de “izquierdas” tanto de México como de Europa y EEUU.
Movilizó a sectores del movimiento estudiantil y de la pequeña
burguesía ilustrada y progresista, que veían en la acción y el discurso
del EZLN una nueva vía alejada del marxismo capaz de representar una
alternativa al capitalismo. Pero la tozudez de los acontecimientos ha
demostrado que la línea política del EZLN no representaba tal
alternativa. No era con autonomía cultural ni con “respeto” como se
conseguiría alcanzar la dignidad de las masas indígenas.
Los problemas del indio mexicano son los mismos que los del
trabajador, que los del campesino, por que ellos mismos componen la
base de la clase obrera y jornalera. Es el problema del desempleo, de
los bajos salarios, de la falta de vivienda, de la ausencia de
infraestructuras civiles, agua, alcantarillado, electricidad; del
acceso a la enseñanza, a la sanidad digna, pública y gratuita. El
respeto a la cultura indígena, a la lengua nativa es también un
problema de clase y, como los anteriores, solo encontrará solución a
través de la lucha unificada del campesinado pobre y del proletariado
urbano contra el capitalismo. Solo el socialismo podrá dar satisfacción
a las necesidades del campo chiapaneco, como al del resto del país.
Marcos renuncio a defender este programa y ahora ha dejado claro
los límites de su política manteniendo una postura absolutamente
sectaria y arrogante contra el Partido de la Revolución Democrática
(PRD). Su insistencia en identificar al PRD con el PAN y el PRI le ha
llevado al aislamiento político arrojando agua al molino de la
reacción. No ha entendido que las masas han utilizado el canal de
expresión que les proporcionaba el PRD y la oportunidad de sacudirse de
la espalda el peso muerto del PAN. Marcos ha preferido los consejos
ultraizquierdistas de sus amigos universitarios, al margen del
movimiento real de las masas, y su propio despecho, que encontrar un
camino para organizar con un programa socialista a millones de
oprimidos. La historia castiga muy duramente este tipo de errores.
En cualquier caso, no fue el levantamiento del EZLN el único síntoma del profundo cambio que se avecinaba en el país.
En abril de 1999 estalló la gran huelga de estudiantes de la UNAM
que se prolongó durante meses y marcó la vida política del país. La
dureza del conflicto y la gran simpatía que despertó entre los
trabajadores supuso un hito en la historia del movimiento estudiantil.
Esta rebelión masiva de la juventud universitaria, que en México esta
ligada por su extracción de clase y su tradición de lucha a las masas
populares, actuaba como un síntoma evidente de la enorme tensión que se
estaba acumulando en los cimientos de la sociedad.
La juventud actuó como la caballería ligera del gran ejercito de
los trabajadores que no tardaría en ponerse en marcha. Las rupturas en
el movimiento obrero mexicano, el desgajamiento de la CTM de numerosos
sindicatos que conformaron la Unión Nacional de Trabajadores (UNT); las
movilizaciones independientes el Primero de Mayo que han llenado las
calles del centro capitalino de decenas de miles de trabajadores en los
últimos años y, sobre todo, las luchas masivas contra los intentos de
privatización de la industria petrolera y del sector eléctrico que han
convocado a centenares de miles de trabajadores de todos los rincones
de México, han moldeado la conciencia de los oprimidos en estos últimos
años.
No ha sido tanto el gran número de huelgas durante la última
década, como el sentimiento antiburocrático que se ha extendido entre
secciones amplias del proletariado mexicano el que ha dominado el
panorama. Y este sentimiento cuestionaba frontalmente uno de los
pilares en los que se ha sustentado el régimen bonapartista burgués
mexicano: el charrismo sindical.
En el último periodo, no obstante, la acción huelguista ha vuelto
a recrudecerse. La lucha del Colegio de Bachilleres y las
movilizaciones de los trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro
Social han sido el preludio de las grandes huelgas de los últimos
meses. En marzo de este año los trabajadores mineros y metalúrgicos
llevaron a cabo una huelga protagonizada por más de doscientos
cincuenta mil obreros del sector y que fue seguida de nuevas luchas en
mayo, esta vez contra la intromisión del estado en la vida interna del
sindicato minero. La reacción vengativa del gobierno panista terminó en
la matanza de varios trabajadores que participaban en la lucha.
El conflicto minero se desarrolló paralelo al de los docentes de
Oaxaca que han convertido su lucha en un desafío al Estado, resistiendo
una feroz represión policial. Estos hechos, que pusieron sobre la mesa
la convocatoria de una huelga general para el 28 de junio que
finalmente no fue organizada ante el temor de los mismos dirigentes
sindicales de verse desbordados por completo, marcan la irrupción de
los destacamentos pesados del proletariado mexicano.
La clase obrera mexicana ha entrado de lleno en la escena. Pero no
ha sido solo en el frente industrial donde ha dejado su poderosa
huella. El factor decisivo ha sido su incorporación a la lucha política
tomando partido decididamente para garantizar el triunfo electoral del
PRD. Y esa decisión ha abierto una crisis de consecuencias
revolucionarias.
Un nuevo capítulo de la revolución mexicana
En el mes de marzo de 2006, los marxistas mexicanos agrupados
en la Tendencia Militante escribían lo siguiente en su documento de
Perspectivas para la revolución mexicana: “Los intentos del gobierno
foxista por impedir que AMLO pudiese encabezar la candidatura del PRD a
la presidencia de la República se ha convertido en el látigo que ha
espoleado definitivamente el movimiento de masas contra la derecha,
abriendo un nuevo periodo en la lucha de clases. El 7 de abril de 2005
más de medio millón de personas se concentraron en el Zócalo, esperando
la votación de la Cámara de Diputados y el 27 del mismo mes vivimos una
movilización (marcha silenciosa) de millón y medio de personas. Ambas
movilizaciones son la cristalización del ambiente que existió en 2004 y
podría convertirse en la tónica general del próximo periodo.
“estas dos movilizaciones históricas han puesto de manifiesto la
fuerza inmensa de los trabajadores, el potencial explosivo que se
acumula en lo subterráneo y que llegado el momento saldrá de una forma
mucho más violenta. Lo que Marx denominó el topo de la historia, que
excava por debajo de la superficie aparentemente en calma y que no
descansa, ha vuelto a emerger con una fuerza tal que puso a temblar al
gobierno con apenas una primera prueba de su capacidad.
“Quince días después de que la Cámara de diputados votara esta
canallada, el Gobierno fox tuvo que echarse atrás y en cadena nacional
declarar nulo el proceso de desafuero. La retirada humillante de Fox ha
sido una conquista histórica de las masas mexicanas y ha elevado la
confianza de los oprimidos en sus propias fuerzas. El desafío que el
imperialismo y la burguesía lanzaron a los trabajadores ha concluido en
una amarga derrota para la clase dominante. Este hecho no puede pasar
desapercibido para los marxistas, pues constituye un elemento de
capital importancia para el futuro.
“(...) Esta situación abrió un periodo como no se había vivido, por lo menos, desde la fundación del PRD.”
Todas las líneas aquí expuestas han sido confirmadas brillantemente
por los acontecimientos. El método marxista es la superioridad de la
previsión sobre la sorpresa y sólo los marxistas fueron capaces de
identificar la dinámica viva de la lucha de clases mexicana y
orientarse firmemente hacia las bases obreras y campesinas del PRD.
Es una ley histórica que cuando la clase obrera y los oprimidos en
general han decidido pasar a la acción, tomar en sus manos su propio
destino poniendo su sello en los acontecimientos, lo hacen en primer
lugar a través de sus organizaciones tradicionales.
Tras décadas de opresión prisita y de represión sangrienta de las
luchas obreras y campesinas, de la matanza de Tlatelolco del 2 de
noviembre de 1968, de maniobras charristas contra las corrientes
democráticas del sindicalismo. Asimilando la experiencia de 1988 cuando
la victoria electoral del Frente Democrático encabezado por Cuathemoc
Cardenas fue malograda por un fraude descarado del priismo, y tras la
dura escuela del Gobierno del “cambio” de Vicente Fox, las masas
mexicanas han dicho basta.
Utilizando la herramienta que tenían a su alcance, han dado una
victoria electoral a Andrés Manuel López Obrador que sin duda ha sido
mucho mayor de lo que el propio aparato del PRD esperaba.
Durante los largos meses de campaña electoral un hecho destacó por
encima de todos: la furia con que la clase dominante atacaba a AMLO en
todos los foros públicos del país. ¿Cómo se explica esta contradicción
aparente?¿Acaso AMLO, como se han desgañitado gritando todos los
sectarios de México y el mundo entero, no es un burgués que abandonó el
PRI y que cuenta entre sus amistades a multimillonarios como Carlos
Slim? ¿No es una realidad que miles de militantes priistas y cientos de
dirigentes del más alto nivel del PRI han desembarcado en las filas del
PRD? Entonces ¿Por que ese odio visceral de la clase dominante y del
imperialismo, de todos los medios de comunicación de la burguesía,
incluso de algunos tan “progresistas” como el diario El País, contra
López Obrador y contra el PRD?
Si utilizamos un método dialéctico de análisis y no el empirismo
formalista no es difícil encontrar una respuesta a esta contradicción
aparente. Ciertamente AMLO no es ningún líder obrero forjado en la dura
escuela de las huelgas, ni jamás ha compartido las ideas del
socialismo. También es cierto que López Obrador procede del PRI como
una buena parte de la dirección actual del PRD, aunque este no es la
única fuente de la que bebe el partido.
Miles de viejos militantes del antiguo PCM, más tarde del PSUM
(Partido Socialista Unificado de México), del PRT (Partido
Revolucionario de los Trabajadores) y, sobre todo, de las
organizaciones campesinas y sindicales de todo México conforman la base
del PRD. Es por tanto una obligación diferenciar siempre que se trata
de este tipo de partidos, en países ex coloniales o de desarrollo
capitalista tardío, lo que representa su dirección y lo que representa
la base, que en muchos casos constituye los principales destacamentos
de la revolución. Incluso, más importante, es comprender la relación
dialéctica que se desarrolla entre los líderes y las aspiraciones de
las masas que los siguen, y como se produce una interacción que no
siempre se mantiene dentro de los límites respetables para la clase
dominante.
La burguesía mexicana y el imperialismo no temen las ideas de
López Obrador, lo que realmente temen es a las masas que le siguen.
Temen que López Obrador, con su discurso y sus promesas, desate un
proceso que desborde los límites del capitalismo y amenace el poder de
la oligarquía mexicana y los intereses imperialistas en el país, que no
son pocos.
El Departamento de Estado norteamericano ha seguido muy de cerca
los acontecimientos en México utilizando para ello la experiencia de lo
ocurrido en los últimos años en el continente. Y después de observar
muy detenidamente la dinámica del proceso, y de considerar todos los
factores, se ha inclinado finalmente a favor del fraude electoral para
impedir que AMLO llegue a la Presidencia. Las razones de esta decisión
solo se pueden entender considerando el conjunto del proceso político
latinoamericano, a lo que hay que sumar lo ocurrido con las masas de
trabajadores inmigrantes en EEUU durante esta primavera.
Para la clase dominante norteamericana, Latinoamérica se ha
convertido en una amenaza fundamental a sus intereses estratégicos.
Después de la caída del estalinismo y el colapso de la URSS, los
imperialistas respiraban confiados creyendo haber conjurado para
siempre el peligro de la revolución. Y aparentemente estaban en lo
cierto. La derrota de la URSS modificó por completo la correlación de
fuerzas mundial, permitiendo a los imperialistas intervenir a su antojo
en cualquier rincón del planeta. Eso al menos era lo que pensaban los
estrategas de Washington.
Por otra parte la ofensiva privatizadora había desmantelado los
restos de empresa pública que todavía subsistía en Latinoamérica
abriendo el camino a las grandes ganancias que las multinacionales
norteamericanas y europeas, especialmente españolas, obtuvieron de la
sangre de los trabajadores latinoamericanos. Los dirigentes reformistas
y ex estalinistas de las organizaciones obreras se contagiaban del
nuevo credo neoliberal y la política de colaboración de clases era
practicada con ahínco. Todo pintaba de color de rosa para los
capitalistas norteamericanos hasta que el idílico cuadro se les vino
abajo.
La revolución, la peor de sus pesadillas, ha hecho de nuevo su
aparición con fuerza redoblada. Es el caso de Venezuela, donde la
revolución bolivariana encabezada por Hugo Chavez y protagonizada por
las masas trabajadoras ha derrotado en tres ocasiones los intentos
contrarrevolucionarios de la oligarquía y los imperialistas. La
posibilidad de una ruptura decisiva con el capitalismo en Venezuela es
una eventualidad demasiado real para los imperialistas. La opción de
una intervención militar directa, o de un golpe de Estado como en el
pasado, no es posible en estos momentos cuando las tropas
norteamericanas se encuentran empantanadas en Iraq y la burguesía
venezolana esta desmoralizada a causa de las derrotas sufridas.
Los imperialistas también han comprendido la enorme influencia de
la revolución venezolana entre las masas oprimidas de Latinoamérica y
son perfectamente conscientes de que el triunfo definitivo de la
revolución socialista en Venezuela y la expropiación de los
capitalistas nacionales y extranjeros, contagiaría al conjunto del
continente. La revolución no se detendría en las fronteras de
Venezuela, se extendería a numerosos países en los que el capitalismo
no es más que un callejón sin salida.
Ya están recibiendo un aviso muy claro con los acontecimientos
que se están desarrollando en Bolivia, dónde aparentemente Evo Morales
se había desentendido de las políticas más radicales. Pero el triunfo
electoral de Evo, que debía haber dado carpetazo a la insurrección
revolucionaria de los trabajadores bolivianos de otoño del 2005, no es
más que una etapa del proceso. Evo debe su victoria a las masas y la
presión de estas sobre su gobierno se ha dejado sentir desde el primer
momento, culminando con el decreto de nacionalización de los
hidrocarburos y la intensificación de sus vínculos políticos con Hugo
Chávez y Fidel Castro.
México es un país clave para los imperialistas. Un gobierno de
AMLO, que se moviera en coordenadas políticas que no son del gusto de
la clase dominante como demostró durante su mandato como Alcalde del
DF, podría abrir las puertas a un movimiento ingobernable de las masas
trabajadoras o, al menos, que desbordara a la dirección del PRD
poniendo sobre el tapete exigencias de corte anticapitalista. Los
imperialistas son conscientes, y la burguesía mexicana también, que los
procesos en Latinoamérica juegan a favor de esta perspectiva.
Para complicar las cosas, la clase obrera mexicana se ha instalado
más al norte de Río Bravo. La masa de inmigrantes que durante años ha
sido explotada duramente, sin que la burocracia de los sindicatos
norteamericanos levantase un solo dedo, ha realizado una demostración
de fuerza imponente. Las manifestaciones masivas de abril y la gran
huelga general del Primero de Mayo en la que participaron diez millones
de trabajadores latinos, en su mayoría de origen mexicano, ha
representado la movilización independiente de la clase obrera de EEUU
más importante desde las grandes luchas de los años treinta. En
palabras de muchos comentaristas, se trata de un movimiento de mayor
calado que el de los derechos civiles de los años sesenta o el
organizado contra la guerra de Vietnam en los setenta. Un proceso
revolucionario en México tendrá indudablemente un impacto inmediato
entre esta masa de trabajadores.
Estas son las razones de fondo de la oligarquía mexicana y el
imperialismo para optar por el fraude e impedir que AMLO gobierne.
Paralelamente también desarrollan otras líneas de intervención,
infiltrando masivamente a políticos prisitas en las filas del PRD para
controlar la estructura del partido. Pero eso no ha sido suficiente. No
quieren comprobar lo que pasaría con un gobierno de AMLO después de las
experiencias conocidas de Venezuela y Bolivia. No es que no se fíen de
López Obrador, no se fían de las masas mexicanas.
El fraude masivo perpetrado contra las masas de México, que los
respetables hombres del PAN y del PRI niegan a pesar de todas las
pruebas publicadas en diarios como La Jornada y revistas como Proceso y
de todas las denuncias presentadas por los militantes del PRD y no
refutadas por las autoridades, no va a salvar a la clase dominante
mexicana ni a los imperialistas. Por el contrario, convertirá sus
planes en su contrario actuando como una receta acabada para una
escalada aún mayor de la lucha de clases.
La reacción inmediata contra este gigantesco robo ha sido la
movilización de masas más grande de la historia del país. Más de siete
millones de trabajadores, campesinos y jóvenes se han manifestado en
las principales calles del centro del DF y de su Zócalo en las jornadas
del 9 y 16 de julio, así como el 30 de julio. La rabia de las masas se
ha traducido en una decisión inquebrantable de llegar hasta el final
para lograr que AMLO sea Presidente de la República. Para los
trabajadores de México el resultado de esta lucha importa. Saben que
seis años más de gobierno panista, encabezado por el integrista de
Felipe Calderón va a ser una continuidad de la pesadilla del foxismo,
una auténtica amenaza para sus condiciones de vida y trabajo.
El fraude electoral descarnado no oculta el avance impresionante
del PRD, aún tomando las cifras trucadas del propio IFE (Instituto
Electoral Federal). En el año 2000 el PAN obtuvo un 42% de los votos.
Seis años más tarde según el recuento fraudulento, alcanzaría un 35,8%
y 15.000.284 votos. El PRI en 2000 obtuvo el 38% de los sufragios,
mientras que ahora retrocede 17 puntos quedándose con 9.301.934 votos,
el 22%. El PRD experimenta un incremento espectacular con fraude y
todo. En el año 2000 obtuvo un 17%, mientras que en las presidenciales
del 2 de julio de 2006 conseguiría 14.756.350 votos, el 35,3%, una
subida de más de 18 puntos.
En todo este proceso, la orientación de AMLO ha sido exigir un
nuevo recuento electoral, voto por voto, casilla por casilla. Para
lograr forzar a los tribunales la apertura de los paquetes electorales
ha hecho un llamamiento a los trabajadores y oprimidos de México que ha
sido respondido como un solo hombre. Nunca el aparato del PRD consideró
una respuesta de tales dimensiones. Pero como era de esperar el
Tribunal Federal Electoral se opuso a la demanda del PRD. En este
contexto una decisión favorable hubiera sido considerada como una
derrota humillante para la oligarquía y el imperialismo, y no están
dispuestos a dar su brazo a torcer fácilmente. Lo que esta en juego es
mucho.
Como parte de las maniobras de distracción habituales y para dar
más credibilidad al triunfo fraudulento de Calderón, el Tribunal ha
ordenado el recuento de tres millones de votos correspondientes a
11.839 casillas electorales de 149 distritos electorales. Pero esto
forma parte de la mascarada. Lo que tiene que entenderse es que una vez
tomada la decisión de arrebatar el triunfo a López Obrador, solo se
puede revertir el resultado aumentando la presión y defendiendo una
salida revolucionaria a la crisis.
Lo ocurrido no revela sino la auténtica naturaleza de la llamada
democracia burguesa, que en las palabras de Lenin citadas al comienzo
del artículo, no es más que una maquinaria para la opresión de la clase
obrera. La democracia parlamentaria en México no es más que la forma
que adopta la dictadura del gran capital, de los terratenientes
mexicanos y de sus jefes imperialistas. No es la primera vez que cuando
los resultados electorales no son del agrado de esta oligarquía, estos
se cambian y punto. Así funciona la democracia.
La alternativa no es garantizar la “constitucionalidad” de la
República mexicana. Tal “constitucionalidad” solo ha sido una coartada
para los manejos de la clase dominante desde 1910. Lo que hace falta es
organizar a las masas oprimidas del campo y la ciudad para combatir
eficazmente en la guerra a muerte que le han declarado sus enemigos
históricos. Y esta batalla solo se puede librar con un programa
socialista.
Por un PRD de los trabajadores con un programa socialista
Después de la masiva movilización del treinta de junio, AMLO
lanzó la idea de ocupar permanentemente el DF instalando campamentos
con miles de seguidores. La idea de que así se podría modificar el
resultado electoral se ha comprobado inviable, pese a la voluntad de
los miles de trabajadores movilizados permanentemente y las simpatías
de la población. La decisión de mantener los resultados electorales por
el aparato del estado es firme.
Ahora López Obrador ha convocado para el 15 de septiembre a una
Convención Nacional Democrática, que “impida” la llegada al poder de
Felipe Calderón. En cualquier caso se trata de medidas que están
absolutamente superadas por la dinámica de los acontecimientos. Esta
forma de plantear la continuidad de la lucha, después de haber
movilizado a millones de personas en las calles, solo puede producir
desgaste y desmoralización. Lo que la clase mexicana necesita es una
perspectiva revolucionaria y la certeza de que los siguientes pasos
serán un avance en la movilización.
Los marxistas mexicanos han planteado abiertamente en el seno del
PRD, de los comités de base organizados contra el fraude, en los
campamentos, que es necesario organizar inmediatamente una huelga
general de 24 horas contando con la participación activa de los
sindicatos y las organizaciones campesinas de todo México. Una huelga
así, que paralizara la producción de todo el país y sirviese para
organizar comités en todas las fábricas y ejidos, como base para
movilizar en ese día a millones de trabajadores y campesinos en todas
las ciudades y localidades del país sería una presión decisiva sobre el
gobierno y sobre el Estado.
Este es el camino que completaría las movilizaciones de julio.
Pero es posible que incluso la burguesía en esas circunstancias no
aceptara ceder y reconocer el triunfo de AMLO. ¿Cuál sería pues el
siguiente paso? La respuesta es clara: Huelga general indefinida con
ocupaciones de fábricas, empresas y universidades y un llamamiento
efectivo a organizar y ampliar los comités de lucha, que se deben
convertir en el embrión del nuevo poder de los trabajadores.
Se nos dirá que estas medidas desbordan la frontera de la
legalidad. Triste ironía en un país donde la ilegalidad es el pan
diario sobre el que se sustenta la dominación del capitalismo. La clase
obrera de México conoce muy bien la formalidad legal de la democracia
mexicana. Ha recibido muchas lecciones de esta legalidad democrática.
Lo que los trabajadores y campesinos mexicanos necesitan es transformar
su realidad de explotación y humillación por otra en la que la palabra
dignidad cobre sentido pleno. Y esto solo será posible a través de la
revolución socialista, del poder obrero.
La burguesía mexicana ha sido incapaz de llevar a cabo la
modernización del país y resolver los acuciantes problemas de las
masas. Por el contrario, resolver esos problemas implica una ruptura
frontal con las relaciones de propiedad capitalista, esto es, la
expropiación de los capitalistas y terratenientes mexicanos, y sus
aliados imperialistas. Y esa tarea esta reservada a la clase obrera
mexicana, más fuerte que en ningún momento de su historia, aliada del
campesinado pobre y el proletariado agrícola.
Los marxistas mexicanos agrupados en la Tendencia Militante
defienden enérgicamente este programa socialista el seno del PRD. De
esta manera se podrá transformar el partido en una auténtica
herramienta al servicio de la liberación de los oprimidos de México.
Lo que esta en cuestión no es un conflicto de constitucionalidad,
como tampoco lo estaba en 1910. Lo que esta en cuestión es la
superación de la barbarie capitalista que ha hundido a las masas
mexicanas en la postración durante decenios. Esta es la tarea más
urgente: reatar el nudo de la historia de la revolución mexicana con el
derrocamiento del capitalismo y el establecimiento de las bases
económicas y políticas para una nueva sociedad socialista, llevando a
cabo el sueño libertador de Emiliano Zapata.
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