La decisión de ETA de disolverse, tras 60 años de existencia, es uno de los acontecimientos más relevantes habidos en el Estado español en las últimas décadas. Los marxistas saludamos este paso y nos alegramos de esta decisión, sentimiento compartido sin duda por millones de personas comunes en el Estado español. En cambio, por razones evidentes, la derecha, las asociaciones de víctimas del terrorismo vinculadas a ésta, el aparato del Estado, así como los periodistas y contertulios del régimen, no disimulan su decepción con la noticia.

El pasado 8 de abril, los húngaros acudieron a las urnas después de un período de campaña que no se ha visto desde la caída del estalinismo. Una de las funciones de la democracia burguesa es crear un falso sentido de participación. Las elecciones anteriores se llevaron a cabo generalmente en una atmósfera de anticipación, con el público siguiendo los debates entre los partidos políticos en los medios de comunicación, y discutiendo los acontecimientos en las esquinas y en el trabajo. La gente sentía que tenía algo que decir sobre su destino. Sin embargo, en los últimos ocho años ha habido un cambio fundamental en el carácter del proceso democrático de Hungría.

Cuando una fuerza de izquierdas gana unas elecciones y ocupa un gobierno, se tiene que hacer cargo de un aparato administrativo y coercitivo diseñado por sus enemigos de clase, y que, las más de las veces, en vez de ser controlado por el gobierno acaba controlando a éste. Es una ley que tener el gobierno no es tener el poder, y la militancia y los votantes de Ahora Madrid están aprendiendo dicha ley a través de su amarga experiencia.