Miguel Jiménez
Los dirigentes del gobierno apresuradamente con sus maletas y huyendo desde el tejado del palacio presidencial. Parecían escenas de la caída de Saigón, sólo que esta vez no se trataba de invasores extranjeros que huían de un ejercito de liberación nacional, sino un presidente electo que huye de su propio pueblo. Mientras que las miradas del mundo estaban puestas en Afganistán, había estallado otra guerra. La semana previa a la Navidad, Argentina estaba en guerra. Pero no una guerra entre las naciones, sino una guerra entre ricos y pobres, entre los que tienen y los que no, una guerra entre las clases.
Las movilizaciones que se han desarrollado en Argentina en las últimas semanas, en particular el alzamiento popular del 19 y 20 de diciembre pasados, no tienen precedentes en la historia argentina: se trata de la primera vez en la amplia tradición de lucha de la clase obrera y del pueblo argentino que un gobierno electo cae de forma directa e inmediata por la lucha de la calle. Una insurrección popular, en fin, que una vez más ha puesto de manifiesto la validez de los métodos de la clase obrera: la movilización colectiva, la manifestación y la huelga general.
Ahora, todos los analistas políticos y los medios económicos miran temerosos hacia los acontecimientos revolucionarios de Argentina. Contemplan acongojados cómo los efectos económicos y sociales de la crisis amenazan con desarrollarse por toda Latinoamérica.
Antecedentes para una revolución. El saqueo latinoamericano de los 90
Esta es la mejor manera de describir lo que ha ocurrido en toda Latinoamérica, aplastada por una deuda externa brutal. Para satisfacer este peso muerto impuesto por el Imperialismo, la burguesía de todos los países del continente atacaron a fondo los gastos sociales, privatizando el sector público en beneficio de las principales multinacionales y acreedores internacionales.
Aerolíneas, correos, eléctricas, bancos, hidrocarburos, telefónicas..., todas vendidas a precios de saldo por un valor que ha sido ampliamente sobrepasado por los réditos que han dado las flamantes empresas privatizadas en pocos años. Muchas estaban en crisis terminal, con enormes deudas que fueron sufragadas por el Estado a costa de nuevos empréstitos y de incrementar aún más la enorme deuda que, como si fuera un enorme agujero negro, cada vez era más grande y se lo tragaba todo.
En Argentina entre 1989 y 1993 se recaudaron como resultado de las privatizaciones 9.910 millones de dólares en efectivo y 13.239 millones en títulos de deuda que representan 5.270 millones en efectivo( 39,8% del valor nominal de los titulos). Sin embargo, mientras en el año 1989 la deuda externa del Estado argentino totalizaba 60.000 millones de dólares, en estos momentos alcanza los 214.000 millones de dólares ¡en doce años se ha triplicado!
Un proceso similar ha sido recurrente a lo largo de todo el continente pero es ejemplificante en el caso argentino. Otras inversiones producidas en los últimos años, como las del sector del automóvil, se han dado en Argentina (y también en Brasil) a condición de que el Estado concediese generosísimas subvenciones públicas que igualaban como poco las inversiones realizadas por las multinacionales. Todo esto, acompañado de reducciones de los gastos sociales y ataques a derechos históricos de los trabajadores.
Las puebladas y levantamientos de los 90
Naturalmente, los trabajadores no se quedaron de brazos cruzados. Tras los ataques de la dictadura militar, la crisis económica y la hiperinflación del gobierno de Alfonsín, la política del gobierno Menem de entregarse al saqueo propugnado por las multinacionales y el FMI provocó un rápido aumento del paro y un empobrecimiento de las masas.
Asistimos entonces a movimientos de masas, algunos de ellos de carácter insurreccional, en diferentes ciudades y regiones afectadas por las reconversiones y el paro obrero, que jalonaron el camino recorrido en los últimos diez años. En 1993, el Santiagüeñazo; después, las movilizaciones en junio de 1996 de los piqueteros de Cutral Co, que obligaron al gobierno a ceder frente a numerosas reivindicaciones. Entre mayo y julio de 1997 nuevamente en Cutral Co, Tartagal, Jujuy, Cruz del Eje. En el último período del gobierno Menem, vimos nuevamente movilizaciones muy radicalizadas en Jujuy, Tucumán o Corrientes, de los empleados públicos y los sectores más empobrecidos.
Muchas de estas movilizaciones fueron defensivas y adquirieron en algunos casos una gran virulencia. Los frutos de estas puebladas y levantamientos son dispares: victorias y derrotas cargadas de experiencias; algunas victorias parciales fortalecieron la moral del movimiento y la confianza en las propias fuerzas de los trabajadores, al mismo tiempo que mostraron pocos meses o años después las limitaciones de las ayudas concedidas en el marco general de una política de ajuste y privatizaciones. Con todo, las movilizaciones enormemente radicalizadas, con cortes de autovías, y tomas de fábricas y edificios gubernamentales golpearon la conciencia de todo el país.
Es de destacar el surgimiento del movimiento piquetero, que ha logrado organizar a decenas de miles entre los sectores más combativos de los trabajadores y jóvenes desocupados que quedaron en paro tras las reconversiones de los años 90. El movimiento piquetero ha jugado un papel clave en la lucha desde 1996 y, especialmente en el último año y medio.
La deuda, la dolarización de la economía y la recesión en Argentina
El gobierno argentino, para atraer y dar más garantías al capital para sus privatizaciones y obtener nuevos créditos con los que financiar su deuda, decidió ligar paritariamente el peso argentino al dólar de una manera fija e inalterable durante los últimos diez años. Durante esta época, el dólar ha sido una moneda de uso cotidiano en Argentina, cambiándose un dólar por un peso. Consecuentemente, con la estabilización de esta política, la mayor parte de los créditos pedidos por los argentinos se han solicitado en dólares, al igual que los créditos pedidos por el gobierno para pagar la deuda.
En 1998 la devaluación de las monedas del sudeste asiático, y posteriormente de Brasil, motivaron que las exportaciones argentinas hacia el vecino del norte cayeran ostensiblemente, lo que ha sido un elemento determinante para explicar la recesión en que se ha visto envuelta Argentina, que dura ya más de tres años. Alentadas por las ayudas del gobierno brasileño, industrias enteras se han trasladado de Argentina a Brasil, lo que ha incrementado aún más las tendencias hacia la guerra comercial larvada que se viene desarrollando desde entonces entre ambos países.
Desde 1998 el real se depreció un 120% con respecto al dólar, pero Argentina no podía devaluar su moneda, pues se arriesgaba a un derrumbe del sistema financiero (la mayor parte de los créditos están en dólares) y a una subida brutal de la inflación. En este contexto, la paridad conseguida entre el peso y el dólar ha lastrado el crecimiento de la economía argentina, ahondando aún más la recesión.
De la caída del gobierno Menem a la revolución de diciembre del 2001
En 1999 los justicialistas (peronistas), en el poder desde hacía una década, perdieron las elecciones ante una alianza opositora formada por la Unión Cívica Radical y el Frepaso. La llegada del gobierno de la Alianza, evidenciaba el desgaste del peronismo ante las masas y las ilusiones de un sector de ellas en el mensaje anticorrupción que lanzó De la Rúa. Sin embargo, el gobierno de De la Rúa rápidamente se dispuso a cumplir con su "responsabilidad" ante el FMI y los capitalistas argentinos, con ajustes estructurales en sanidad, pensiones, educación y la administración pública.
La respuesta de la clase obrera fue unánime y todo el descontento acumulado durante la década de los 90, que había estallado episódicamente en movilizaciones puntuales, se galvanizó en torno a huelgas generales estatales y auténticas insurrecciones en diferentes ciudades. En el último año y medio se han sucedido siete huelgas generales contra el gobierno De la Rúa que provocaron, entre otros hechos, la caída de tres ministros de Economía, del gobernador del Banco de Argentina y de la ministra de Trabajo.
La burguesía, tras la dimisión en marzo de dos ministros de economía en 15 días por las protestas populares, era consciente de que tenía que maniobrar antes de desatar un ataque directo contra la clase trabajadora. Prefirieron ir hacia un gobierno de unidad nacional con la incorporación de Cavallo como superministro de Economía ( el mismo hombre que en el gobierno Menem había conseguido la paridad peso-dólar ). De esta forma intentaron garantizar la continuidad del apoyo de un sector de la dirección del peronismo a su política económica y, tras las elecciones legislativas, preparar unos presupuestos para el 2002 de ataques a los gastos sociales.
En aquel momento señalábamos en las páginas de El Militante: "…el movimiento obrero ahora estaría en disposición de pasar a la ofensiva si sus dirigentes tuviesen un programa claro. Incluso se podría llegar a una situación revolucionaria, de desafío abierto a la burguesía, si se plantease la formación de comités obreros contra los planes del FMI y del gobierno en todas las fábricas, institutos y facultades, coordinados luego a nivel de barrio, ciudad y finalmente a nivel nacional…" (El Militante, mayo 2001). Todo esto lo hemos visto confirmado después de varios meses, cuando las masas han pasado por encima de sus dirigentes.
Sin embargo, los dirigentes sindicales han ido durante todo este período a remolque de los acontecimientos, convocando movilizaciones cuando la presión por abajo era insostenible para ellos. A pesar de esto cuando los trabajadores vieron cualquier tipo de referencia de lucha, no dudaron en apoyarla: así fue en el caso de la lucha de Aerolíneas Argentinas, cuando la solidaridad con estos trabajadores cautivó a la inmensa mayoría de la población y la consigna de la nacionalización de la empresa ganó una audiencia de masas, obligándose otra vez más a la dirigencia sindical a convocar una nueva huelga general.
En el norte, en la ciudad de General Mosconi, se produjo un movimiento insurreccional durante el verano: el intendente fue expulsado por la población, los concejales también, y otros representantes de la administración huyeron. Durante un tiempo los piqueteros prácticamente expulsaron de la ciudad a la policía, quedando dueños de la ciudad. El ministro Cafiero, que trató de actuar como apagafuegos negociando directamente con los insurrectos, tuvo que reconocer que "en General Mosconi no hay Estado" (La Nación, 24-junio). Posteriormente declaró "no hay Un Mosconi, sino muchos Mosconi potenciales". Las concesiones otorgadas por el gobierno fueron gestionadas por los representantes de los piqueteros alzados, no por el gobierno. En menor medida, eso también ocurrió en la ciudad de Tartagal.
En septiembre se desarrolló la II Asamblea Nacional piquetera a la que asistieron 1.500 delegados representando a 30.000 piqueteros y que organizó el corte de carreteras estatal más importante hasta entonces, celebrado el 5 de diciembre.
Posteriormente, los resultados electorales de las elecciones de octubre, supusieron un revés para los intereses de la burguesía: la Alianza perdió cinco millones de votos, más de un millón perdido por los peronistas; un 40% del electorado se abstuvo (en un país donde votar es obligatorio), o bien votó nulo o en blanco; un 25% de los votos en Buenos Aires fue a los partidos de izquierda con un programa antisistema… Es decir, también en el terreno electoral hubo una clara movilización de la clase trabajadora contra el gobierno.
Las jornadas revolucionarias del 19 y 20 de diciembre
Después de las elecciones, la Alianza estaba agotada como gobierno. La situación se deterioraba día a día. A principios de diciembre, el gobierno de la Alianza se enajenó definitivamente el poco apoyo que todavía podía tener por parte de las clases medias al congelar los ahorros y limitar la cantidad que se podía sacar de los bancos mensualmente, lo que se ha venido en llamar "el corralito", que perjudicaba a los pequeños ahorristas. Los grandes capitalistas ya hacía tiempo que habían puesto su dinero a buen recaudo, retirando en los anteriores seis meses el 24% de los depositos, cerca de 20.000 millones de dólares.
La creación del corralito se hizo cuando ya estaba claro que el régimen de paridad monetaria entre el peso y el dólar era totalmente inviable y la devaluación estaba cantada. De hecho, la devaluación hacía tiempo que era apoyada por la administración norteamericana y el FMI.
A partir de aquí, los acontecimientos se desbocan. En Neuquén se suceden diferentes huelgas generales que afectan a toda la provincia, demandandose entre otras cosas la nacionalización de las industrias en crisis. Las huelgas siguen en otras zonas del país, entre los ferroviarios, en las telefónicas. En Mar de la Plata funcionarios públicos ocupan el Banco provincial; el MTA (o CGT de Hugo Moyano) convoca huelga general el 13 de diciembre a la que se ven obligadas a sumarse el resto de las organizaciones sindicales… Empiezan los asaltos a los supermercados por parte de los sectores más desesperados, que se convierten en una ola irresistible ante la desesperación existente.
El gobierno De la Rúa queda totalmente sobrepasado y fuerza el estado de sitio, creyendo que esa medida encontraría eco entre las clases medias. Para entonces la inmensa mayoría de las clases medias ya habían sido ganadas para el “desorden”… Aparte de elementos aislados que se enfrentaron a los trabajadores y desempleados desesperados que asaltaban sus tiendas, lo que hay que destacar es cómo columnas enteras provenientes de los barrios pequeño burgueses convergieron el 19 y 20 de diciembre, para manifestarse en la Plaza de Mayo con miles de jóvenes y trabajadores que había allí, y cómo todos juntos se enfrentaron ferozmente a la policía cuando ésta trató de desalojarlos el día 20. Decenas de miles de personas exigían el impago de la deuda externa y trabajo digno, la dimisión de Cavallo y De la Rúa, y denunciaban la corrupción e incapacidad de los políticos burgueses al grito de “que se vayan todos”.
El aislamiento del gobierno y de los diputados con respecto al pueblo al que teóricamente representaban no solo era un hecho político, sino físico. Un periodista explicaba desde dentro del Congreso, "estamos encerrados aquí. Los legisladores no pueden salir ni nadie puede entrar" (The Guardian, 21-XII-2001).
La represión contra el movimiento fue tremenda, 35 muertos, centenares de heridos, 4.500 detenidos. Mientras tanto, Duhalde declara que el país se encuentra al borde de la guerra civil y no estaba excesivamente desencaminado. Por otro lado, los dirigentes peronistas sacrifican a De la Rúa silbando y mirando para otro lado cuando éste les pide un gobierno de concentración nacional. Hace falta un chivo expiatorio que calme la furia de las masas y el 4% de apoyo popular que presenta como acreditación De la Rúa le convierte en el mejor candidato. La dirección peronista, la mayor parte de cuyos diputados habían apoyado en los dos años anteriores lo fundamental de las medidas económicas del gobierno De la Rúa, incluyendo los poderes especiales para su ministro de economía Cavallo, abandonan definitivamente al presidente.
Después del 20 de diciembre
La ceremonia de confusión es tremenda tras la dimisión de De la Rúa. Los peronistas, mayoritarios en el Congreso y el Senado, toman la iniciativa y se abre una pugna por el poder entre las diferentes "familias" del peronismo. Según la Constitución, el cargo de Presidente del país pasa al Presidente del Congreso pero éste no concita los suficientes apoyos. Se habla de que hacen falta "caras nuevas" que se puedan presentar a las masas con ciertas garantías por parte de una clase política odiada por todo el país.
Finalmente se elige a Rodríguez Saá un gobernador de provincia que ha sido reelegido varias veces en el cargo y que se compromete ante los otros "jefes de familia" peronistas a que se retirará del poder en pocos meses para que se convoquen elecciones presidenciales. Sin embargo, una vez llegado al cargo cambió de opinión y pensó conservar su nuevo empleo durante un período más largo.
En pocas horas, el nuevo presidente intento imprimir un aroma populista a su política. Empezó prometiendo favorecer la extradición de los militares torturadores de la dictadura, una petición que se había coreado en las manifestaciones. Después pasó a una serie de promesas, cada una más demagógica que la anterior: "Argentina no pagará ni un centavo de la deuda hasta que todos los argentinos tangan un trabajo" (El País, 23 de diciembre). Prometió subir el salario mínimo a 500 dólares y crear un millón de empleos en un mes. Para financiar todas estas promesas imposibles propuso emitir inmediatamente una nueva moneda, el argentino, moneda depreciada un 50% al día siguiente de asegurar su creación, pues no estaba respaldada por ningún bien tangible, y que hubiera hundido a Argentina en una espiral inflacionista de manera inmediata.
Después de este estreno, empezó a perder rápidamente credibilidad en la medida que acepta las principales decisiones tomadas por el anterior gobierno, en especial el "corralito". Igualmente, continuó pagando los débitos de la deuda exterior pero, una vez que no tuvo ninguna posibilidad de pagar ni un peso más, Argentina entró finalmente en la suspensión de pagos que todo el mundo había anunciado. Esta es la suspensión de pagos por deuda más grande de toda la historia: 132.000 millones de dólares y va a tener un efecto en el resto de países endeudados y todos los llamados países emergentes
Sin programa, sin base dentro del partido, visiblemente incapaz, en contra de la patronal alarmada por su demagogia, su gobierno cayó ante la movilización de masas de la cacerolada del 28 de diciembre. La gota que colmó el vaso para la movilización del 28 vino dada paradógicamente por el Tribunal Supremo, al garantizar éste la legalidad del corralito. La indignación de la gente no iba dirigida solo contra el gobierno. Tanto o más indignada estaba contra la policía, pues se había descubierto que habían sido varios los asesinados por la policía por la espalda e incluso en la nuca, y también contra el Tribunal o Corte Suprema, jueces elegidos en la época de Menem que desde entonces habían sancionado todas las medidas antiobreras. De hecho más del 70% de los argentinos están de acuerdo con la remoción de la totalidad del Tribunal Supremo (Página 12, 9 Enero).
Un manifestante que participó en la cecerolada que derribó de la presidencia a Rodriguez Saá resumía el sentir general de los que participaron en la movilización. "…Este pueblo no quería un cambio de títeres, sino un cambio de fondo…Con la gente en la calle hay garantías para que se respete la voluntad popular. Tenemos que marcar a este gobierno, tenemos que respirarle en la nuca…" (El País, 30 Diciembre).
Las asambleas populares
La cacerolada del 28 de diciembre había sido convocada por las asambleas barriales que se fueron formando de manera más o menos espontánea en todos los barrios de Buenos Aires, si bien hay que explicar a qué nos referimos con el término "espontáneo". Como hemos explicado, las movilizaciones del 19 y 20 "no caen del cielo", sino que nacen de una tradición de luchas fecundada con múltiples experiencias en los últimos años en Argentina. Movimientos de asambleas populares o de coordinación de comités de huelga los hemos visto en las movilizaciones de los últimos meses o años en diferentes luchas que hemos mencionado aquí, y que fueron referentes para un sector de los activistas más avanzados.
Cuando las masas se echan a la calle de manera masiva para solucionar sus problemas es cuando han llegado a la conclusión de que todo está mal y de que tienen que hacer "algo", de que no pueden dejar en manos de otros la solución de sus problemas. Así, un vecino del barrio bonaerense de San Cristóbal declara: "…En las últimas semanas hicimos cosas que nunca habíamos pensado y todavía no sabemos qué otras vamos a tener que hacer "(diario Página 12, 6 de Enero). En el populoso barrio de La Boca habla otro vecino "…Nosotros estamos haciendo una reunión semanal y lo que vemos es que se acerca más gente. Pero lo (importante) es que la mayoría pregunta qué pueden hacer, cómo involucrarse, de qué manera se pueden enganchar. Eso, hasta hace muy poco, no pasaba"
Las asambleas que se están formando, fortaleciendo y tomando protagonismo en Buenos Aires y otras ciudades argentinas están impulsadas por los elementos más combativos, militantes de izquierda, piqueteros, activistas sindicales "de toda la vida"… Pero si las masas no hubieran llegado a la conclusión que explicaban los anteriores vecinos no tendrían ninguna influencia. De hecho, el nuevo gobernador de Buenos Aires afirmó que estaba estudiando la posibilidad de incorporar a los representantes de las asambleas de barrios a las comisiones que van a distribuir las ayudas prometidas por el gobierno, lo que es todo un refrendo de la importancia que han adquirido.
Lo que es claro es que estas asambleas se van consolidando y que se están coordinando entre sí. Así en el citado barrio de San Cristóbal un grupo de miembros de una parroquia cercana organizó una asamblea en su iglesia repartiendo panfletos (volantas). Asistieron 150 personas. La composición es representativa de lo que es el barrio: el dueño de un bar, trabajadores de un hospital cercano, estudiantes, amas de casa, parados, algunos militantes de izquierda ... Las tres conclusiones que les unen son:
En otros barrios se repiten procesos similares, en Villa Crespo, en La Boca, Floresta. Otro vecino, un antiguo militante justicialista, declara "Nosotros armamos una cadena telefónica. Estamos en contacto no solo con los de acá, sino también con otros de Paternal, de Warnes, de Palermo".Otros vecinos declaran que quieren que "de entre los que estamos haciendo los cacerolazos se elijan los verdaderos consejeros vecinales".
Esto revela que la consigna de elección de representantes de estas Asambleas, que se coordinen entre sí en cada ciudad y a escala estatal conectaría totalmente con la experiencia concreta, no ya de unos pocos activistas, sino de decenas de miles, de centenares de miles. En Floresta, donde la policía asesinó a tres jóvenes durante las protestas "…la gente del barrio se está encargando de proteger a los testigos de los asesinatos y sus asambleas son tan numerosas que hay que usar un megáfono para que todos escuchen. Se está sumando gente de otros barrios, un poco como delegados que después cuentan en el suyo que pasó: en la última reunión hubo gente de Mataderos, Liniers, Paternal, Villa del Parque y Flores" (Página 12, 6 de Enero).
Este es el autentico poder por el que luchar en estos momentos. Potenciar y crear asambleas y comités de trabajadores en todas las fabricas, barrios y centros de estudio, donde puedan participar el conjunto de la población afectada por la crisis, obreros, estudiantes, pequeños comerciantes, y coordinarlos en un congreso o Asamblea estatal de delegados electos de estos comités. De esta manera se podría ofrecer una alternativa a las instituciones de poder de la burguesía, para dar paso a un gobierno de los trabajadores y de las masas oprimidas.
Sólo ese gobierno podría llevar a cabo una política que solucione los problemas de la inmensa mayoría de la sociedad, iniciando la transformación socialista de Argentina. Es necesario defender un programa de acción que pase por satisfacer las necesidades inmediatas de la población, vinculandolo a un plan de medidas que acaben con la catástrofe creada por el caos del capitalismo y supongan la planificación democrática y socialista de la economía en beneficio de la mayoría:
Es necesario ganar a la mayoría de la población para este programa. Por eso una genuina organización marxista tendría que orientar la agitación también hacia la base del movimiento sindical peronista, que sigue agrupando al sector decisivo de la clase obrera. Un trabajo que exige liberarse de sectarismos y prejuicios si se quiere conquistar la mayoría.
El nuevo gobierno de Duhalde no va a solucionar los problemas de la inmensa mayoría de la población. Los dirigentes justicialistas (peronistas) y radicales llevan turnándose en el poder durante casi los últimos 20 años y no han solucionado ninguno de los problemas de los trabajadores. De hecho, como hemos explicado, los dirigentes peronistas han apoyado en los dos últimos años las principales medidas económicas del gobierno De la Rúa.
¡Dos presidentes caídos por una movilización de masas en una semana son suficientes! Se asegura que Duhalde dijo a los empresarios: "muchachos, o me ayudan o se van conmigo". El gobierno de concentración nacional de Duhalde ( que incorpora a dirigentes de la Alianza ex-gobernante) nace como un gobierno nacionalista de la burguesía industrial, que busca restablecer la tasa de ganancia y la competitividad para los productos argentinos. Duhalde ha optado por devaluar la moneda casi un 30% con respecto al dólar y busca que un sector de las empresas privatizadas contribuyan a pagar una parte de la crisis ¿Qué puede ofrecer a las masas? El FMI exige un plan claro de ataques a los gastos sociales como condición para un nuevo crédito, lo que sería como echar gasolina al fuego. Lo peor es que estas medidas ya han provocado un incremento extraordinario de los precios en los productos básicos.
La salida de la recesión va a ser muy complicada cuando el ciclo económico en los principales países capitalistas va hacia abajo, lo que afectará seriamente a una economía fuertemente exportadora de materias primas como la argentina. La inversión, que es el elemento esencial para el desarrollo de la economía bajo el capitalismo, está en fortísimo retroceso ¿Quién va a invertir con este panorama? ¿Acaso la patriota burguesía argentina?. El patrioterismo de palabra de la burguesía nacional argentina es grande, pero mucho más grande es su amor por el dinero. De hecho, en los últimos diez años la evasión de divisas se ha duplicado: de 50.077 millones de dólares en 1991 a 101.000 millones en 2002.
Podemos apostar a que poco de este dinero va a retornar a Argentina en los próximos meses.
Quienes van a invertir todavía menos en este contexto, son las aves de rapiña de las multinacionales, que se beneficiaron de la política de privatizaciones más intensa de toda Latinoamérica y ahora temen pagar una pequeña parte de la crisis. La burguesía argentina intentara utilizar el mercado exterior para sortear la crisis, aumentando las exportaciones a costa de los países vecinos. Pero el recurso a devaluaciones continuas, que serán también utilizados por otros países de la zona, provocara una desestabilización económica general.
Ahora hay un 20% de paro, la esperanza de vida se ha estancado en los últimos 20 años y hay 16 millones de argentinos en la pobreza de una población de 36 millones. El capitalismo, ahora más que nunca, no puede ofrecer nada a las masas argentinas, ni en Latinoamérica, ni en el mundo entero. La población se ha movilizado contra la deuda externa y el poder de las multinacionales y bancos; han visto durante meses cómo se ha permitido el enjuague de la evasión de miles de millones de dólares de los potentados mientras a los pequeños ahorristas les congelaban las cuentas; millones de la clase media se han proletarizado… Por otra parte, tienen en su bagage la experiencia del último año: han parado varios ataques generales del gobierno a las conquistas sociales, han echado a tres ministros de economía, al presidente del Banco de la Nación, a la ministra de Trabajo, a dos gobiernos.
Sí que hay un futuro para Argentina, pero no bajo el capitalismo sino luchando por el socialismo, por el poder de los obreros y de los oprimidos. Los acontecimientos en Argentina van a tener consecuencias inmediatas en toda Latinoamérica y en el mundo entero. Efectivamente, América Latina se mueve hacia el rojo.
9 de enero de 2002
Miguel Jiménez,
El Militante
[Back to In Defence of Marxism] [Back to Languages] [Back to Latin America]