En los círculos capitalistas, nadie es más despreciable que el trabajador. Para ellos es una materia prima a explotar. Lo cuando lo necesitan y lo tiran tan pronto como cesa esa necesidad. A pesar de que el trabajador es la fuente de las fortunas que amasan, los capitalistas creen – o pretenden creer- que les hacen un gran favor contratándoles. Lo presentan casi como un acto de caridad.

En varias ocasiones en televisión y en mítines, la secretaria nacional del Partido Comunista Francés, Marie-George Buffet, ha exigido la nacionalización de los bancos, explicando la necesidad de colocarlos "bajo el control de los representantes de los asalariados”. Lo hizo, por ejemplo, durante su reciente visita en Isère, en apoyo a los trabajadores amenazados con el despido en Caterpillar y en muchas otras empresas de la zona.

La Comuna de París puso a prueba las diferentes corrientes dentro de la Primera Internacional. Su derrota posterior creó una atmósfera donde prosperaron todo tipo de elementos desmoralizados. La intriga estaba a la orden del día. Esto condujo a un cuestionamiento de la dirección centralizada, de la función misma de la dirección. Marx y Engels respondieron a todo esto completamente.

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