La reciente cumbre del G20 en Toronto trajo a la superficie todas las contradicciones del capitalismo global. Cada nación capitalista quiere salir de la crisis a expensas de sus competidores. Todo el mundo está llamando a que la demanda se mantenga alta, mientras que al mismo tiempo aplican en casa recortes en el gasto público. En el corazón de esto están las montañas de deuda que han acumulado en todas partes.

Europa se enfrenta a un prolongado período de austeridad, con recortes importantes en la producción, consumo y empleo. La crisis ha comenzado con las economías más pequeñas y más vulnerables, como Grecia, Portugal e Irlanda. Pero las otras seguirán, empezando por Gran Bretaña.

Después de que se hablara de la llamada crisis crediticia y a continuación surgieran comentarios optimistas sobre los "brotes verdes" en la economía, los acontecimientos en Grecia pillaron a los comentaristas burgueses desprevenidos. Ahora la economía mundial se ha sumido en el caos y la incertidumbre una vez más, al tiempo que los gobiernos de Europa intentan contener la caída de la práctica bancarrota de Grecia, con los trabajadores teniendo que pagar la factura.

La economía capitalista mundial está siendo sacudida por varios cimbronazos que tienen por escenario no grandes empresas o bancos, sino países enteros. Aunque, globalmente, la economía capitalista parece estar saliendo de la crisis más grave en 70 años esta salida está siendo muy traumática para millones de familias trabajadoras en todo el mundo, como los marxistas ya preveíamos, comenzando por los países capitalistas más desarrollados, donde la crisis tuvo su epicentro.

El 24 de octubre de 1929 estalló el pánico en la gran bolsa de Nueva York. 12.894.650 acciones cambiaron de manos, muchas a precios de saldo. El jueves 29 de octubre Wall Street comenzó su prolongado declive. El crack de Wall Street se divide en dos épocas: la alegre "época del jazz" de los años veinte y los años treinta, la década de la depresión.

Ahora, todos los economistas burgueses señalan insistentemente que estamos saliendo de la recesión. Pero la pregunta que debemos responder es a qué precio saldrá el capitalismo de la crisis actual, qué consecuencias tendrá sobre las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera en todos los países, y qué efectos políticos acompañarán este proceso.

La economía capitalista mundial ha vivido en estos dos últimos años su mayor hundimiento desde el crack de 1929. El estallido del sistema financiero y el comienzo de una brutal crisis de sobreproducción en el conjunto de las economías capitalistas desarrolladas, ha conducido a la clase dominante a poner en marcha el plan de rescate de la economía de mercado más importante de la historia. En poco más de un año y medio, los gobiernos capitalistas de EEUU, la UE, China y Japón han comprometido más de veinte billones de dólares de dinero público, casi un tercio del PIB mundial, en una operación desesperada para evitar la quiebra generalizada de la banca mundial y estimular una economía que se ha despeñado por el precipicio.

El sistema capitalista está atravesando su crisis más profunda desde los años treinta y la Gran Depresión. Los apologistas del capitalismo, incluidos en el movimiento obrero, habían descartado totalmente ese escenario. Después de todo, explicaban, el capitalismo ha cambiado y los gobiernos ahora son capaces de superar cualquier deficiencia experimentada por los mercados. Han aprendido las lecciones de los años treinta.

Los años veinte fueron buenos años para la economía. Fueron años de boom, acompañado de especulación. En ese período de "exuberancia irracional" se extendió la ilusión en que los buenos tiempos durarían para siempre. ¿Suena familiar?

El mundo capitalista se encuentra trastornado. La crisis económica iniciada en el verano de 2007 en EEUU se ha convertido en una recesión mundial de consecuencias imprevisibles. A primera vista, las semejanzas con la mayor depresión de la historia del capitalismo, el crack de 1929, son evidentes por mucho que los estrategas de la burguesía se hayan resistido a aceptarlas durante meses. Y estas semejanzas dibujan un cuadro sombrío para la clase dominante.

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