Ha pasado más de un mes desde que los mineros de la mina de platino de Lonmin en Marikana, Sudáfrica, se declararan en huelga indefinida. Han sido atacados y vilipendiados, viendo cómo 34 de ellos fueron asesinados por la policía el 16 de agosto, la mayoría a sangre fría, y 270 fueran arrestados, inculpados ​​y torturados con frecuencia durante su detención. Los dirigentes del Sindicato Nacional de Mineros (NUM), la patronal y el Estado han firmado un "acuerdo de paz" a espaldas de los mineros, a quiénes la empresa les ha venido dando repetidos ultimátums para que cesaran la huelga y volvieran al trabajo. Sin embargo, la huelga todavía continúa y los mineros mantienen su exigencia de un aumento salarial a 12.500 rands (1 dólar equivale a 8 rands). Ellos son un ejemplo de combatividad obrera y de capacidad de resistencia que se está extendiendo a otros sectores del proletariado minero de Sudáfrica.

La muerte a tiros de 34 mineros en la mina Marikana, cerca de Johannesburgo, ha sido vista con indignación. Una multitud de huelguistas desafiantes fueron muertos a tiros a sangre fría en una lluvia de disparos de la policía que trajo recuerdos de la época del Apartheid, de Sharpeville, de Soweto y de las luchas de la década de 1980. Otras diez personas murieron antes de esta masacre y 234 han sido detenidas.

La ciudad de Bni Bouayach en la zona montañosa del Rif en el Norte de Marruecos ha sido sitiada desde el miércoles, 8 de marzo. Todos los órganos represivos del Estado, el ejército, la gendarmería, junto con la policía secreta y pública, han unido sus fuerzas para bloquear esta pequeña población. Los habitantes viven atemorizados por el terror policial, el allanamiento de casas y las detenciones. Otras fuerzas represivas están persiguiendo a los activistas que huyeron a las montañas vecinas para escapar de la detención. El silencio de los medios de comunicación en Marruecos es total.

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